miércoles, 25 de enero de 2006

El repartidor del 2000



El repartidor del 2000 fue la némesis del bueno de Chris Peterson, que tuvo un épico enfrentamiento de hombre-contra-la-máquina en la mejor tradición ludista. La tradición asegura que el hombre vencerá siempre gracias a su afán de superación (o los sentimientos o el alma o cosas así; es historia vieja y cada poco la reinventan con una movida “nueva”). Desde aquel minero negro que trabajaba más que la excavadora hasta Terminator, las variaciones de la misma idea siempre han atraído mucho a la gente. Bueno, ahora que lo pienso Frankestein y Prometeo estaban ahí desde antes, pero como no soy un gafapasta voy a dejar el tema este, que en realidad no es del que quería hablar (quizá en otra ocasión).

Lo que me fascina del repartidor del 2000 es precisamente la coletilla, que en la serie (Búscate la Vida; para los pobres desgraciados que no la conozcan, sólo puedo decirles que ídem) utilizaban para parodiar un curioso fenómeno que se dio a finales del siglo pasado (cómo farda decir eso de “a finales del siglo pasado”). Y es que en aquella era de ingenuidad, decir que algo era “del 2000” era decir que era sinónimo de modernidad, de avance, de maravilla tecnológica; era una promesa de asombro, era la esencia del futuro concentrada en un producto vendible. De ahí el repartidor del 2000, pero también el coche del 2000, la casa del 2000, los colegios del 2000, los soldados del 2000, la ropa del 2000, hasta el cenicero del 2000.

¿Cómo empezó la cifra a convertirse en fetiche? Supongo que llevar 1000 años teniendo que empezar por el mismo puto número para escribir la fecha hace que a uno le entre como una ilusión por poder cambiar. Pero creo que la madurez de la ciencia ficción como género literario también ha tenido mucho que ver. Ahí tenemos ese sugerente “2001: Odisea en el Espacio”, cuya versión cinematográfica probablemente marcó las expectativas de generaciones enteras. Muchos escritores incluso pecaron de precipitación, como mi admirado Phillip K Dick, que en algunas de sus novelas situó la colonización de la Luna y Marte a mediados de los noventa (“pa chulo yo”, debió de pensar). La supuesta llegada del hombre a la luna en 1969 también habrá contribuido lo suyo a todo esto.

Y al final, como quien no quiere la cosa, resulta que estamos en pleno futuro, en el puto 2006, y nanai de la china. Ni colonización ni hostias; es más, hay quien sospecha que con lo de la llegada a la luna nos colaron una truja gordísima a todos (que vete tú a saber, con la de Roi’s que puede haber en el mundo). Pero es que ni siquiera coches voladores (y casi mejor: si ya se mata la gente con los normales, no me quiero ni imaginar lo que pasaría si pudieran volar), ni siquiera los simpáticos pijamas plateados que todo el mundo vestía en las pelis cutres de antaño (en las pelis cutres de ahora van con cuero negro y látex, aparentemente nos espera un auge del sadomaso). Tampoco vemos la tele en tres dimensiones, aunque de eso no se puede uno quejar: total, para ver a la Campos ya sobra con dos (por cierto, ¿no estamos en el futuro?¿qué hace la Campos todavía en la tele?). El único detalle pintoresco que hemos visto ha sido el del teléfono móvil, y eso no se le había ocurrido a nadie antes asi que casi no cuenta.

Y digo yo, ¿por qué seguimos usando llaves de toda la vida en lugar de tarjetitas brillantes? ¿Por qué no tenemos gafas con visión nocturna? ¿Qué pasa con la realidad virtual, que llevan 20 años diciendo que está a la vuelta de la esquina? ¿Y el cambio climático qué? ¿No deberíamos tener ya alguna ciudad sumergida? ¿Cuándo llegan los extraterrestres? ¿Por qué pasaron de moda los matamarcianos? ¿Cómo es que aún no hay implantes cibernéticos? ¿Dónde están los rayos láser? ¿Cuándo podré charlar con mi ordenador? ¿Qué fue de aquello de que podríamos dar órdenes verbales a los electrodomésticos de casa (y a la casa misma!)? ¿Cómo es que en los colegios siguen escribiendo a boli? ¿Qué pasó con aquello de “un ordenador por alumno”?

Esto del siglo XXI es un timo chavales. A mí que me hagan como a Fry: yo quiero el año 3000 ya. Aunque total, seguro que será lo mismo...

lunes, 23 de enero de 2006

Anuncios (o no)

Hace un montón de tiempo que no veo la tele. Me aburrí de ver los Simpson por enésima vez, y ya ni siquiera me pongo a ver el resumen de la jornada de Liga. Hace años que no veo los goles de la jornada. Sé que Robinho le ha metido un golazo al Cádiz, lo que le hace a uno pensar sobre lo cíclico de los acontecimientos, pero no lo he visto. Ahora me informo de esas cosas en Internet y prácticamente no paso por delante de la tele. Recuerdo que el sofá era bastante cómodo, eso sí, debería volver un día de estos. Como en Internet tampoco es que vaya con interés a las páginas de noticias, se puede decir que estoy bastante desinformado de lo que pasa en el mundo en general. Supongo que realidad no lo estuve nunca, salvo cuando vivía en Francia (y es que leer un periódico en castellano era un sano ejercicio de desintoxicación lingüística).

Lo que más estoy echando en falta de la tele, paradójicamente, son los anuncios. Estaba yo el otro día pensando en voz alta sobre qué poner aquí, y Fernando me comentó que en último caso, siempre podía hablar de anuncios, como venía haciendo hace tiempo. “Buena idea”, pensé yo, “¿cómo no se me ha ocurrido antes?”. Y entonces me di cuenta, claro. No se me podía ocurrir porque no he visto ninguno llamativo. Y no he visto ninguno porque no veo la tele, literalmente, desde…. Ni me acuerdo. Probablemente aún no la he visto este año. Normalmente, cuando uno dice “yo no veo la tele” quiere decir “no veo mucho la tele, a lo mejor algún programa escogido, en todo caso no más de un par de horas al día como máximo”. Claro que también hay gente que dice eso y luego, cuando estáis hablando, deduces que para ellos “no ver la tele” significa “verla menos de 16 horas al día”, pero eso ya es otra cosa. El caso es que hace semanas que yo no la veo en absoluto, y me preocupa. Tendré que hacer algo al respecto, aunque sea sólo para tener algo que poner aquí cuando no se me ocurre nada interesante que poner, en lugar de daros el coñazo sobre cómo no se me ocurre nada que poner y por qué (como estoy haciendo ahora).

De todas maneras, es posible que en el futuro ya ni siquiera necesite ver la tele para eso. O al menos, si es que se hace habitual lo de recibir mails con chorradas interesantes en vez de con chorradas a secas. Una de las interesantes me la envió mi amiga Silvia hace tiempo al correo. Se trata de un anuncio de nosequé (una chocolatina, me parece), que me hizo bastante gracia, el tío es todo un triunfador. Lástima haber terminado ya la carrera (ah, por cierto, sí, ya es oficial), porque me hubiera gustado poder hacer lo mismo que el tío ese. En fin, en vez de contarlo, vedlo con vuestros propios ojos pulsando en esa flechita universalmente reconocida como Play.


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jueves, 19 de enero de 2006

El post de la semana


¡Año nuevo, lista nueva! Tengo aquí unas cuantas cosas prometedoras, pero de momento ha sido Grant Morrison el primero en llevarse el gato al agua con Los Invisibles, una serie extraña y fascinante que de momento sigue inconclusa. Eso no es obstáculo, porque Martin ha demostrado hace nada que se puede ganar el Premio gordo con una obra por terminar. De momento, creo que le daré una relectura a lo que llevo de Los Invisibles antes de pedirle a Jorge la continuación. Dudo de que me sirva de mucho, porque la serie está llena de referencias a cosas, y si no las pillas, pues supongo que lo que pasa es que te quedas pensando “ein?” y ya está. Y me da que yo me he dejado unas cuantas sin pillar. Por cierto, todo lo demás que he leído de Grant Morrison estaba a un nivel excelente, así que no dudéis en echarle mano si podéis. A sus cómics, digo.

Aunque hace 10 días que no pongo nada nuevo, esto se ha estado moviendo bastante últimamente. Por un motivo u otro, la elección de Canción de Hielo y Fuego como Lo Mejor de 2005 ha creado algo de polémica, lo cual es estupendo y me parece muy bien. Si no me equivoco, se ha batido el récord de comentarios en un post, y creo que irá en aumento porque pienso poner yo mismo alguno más. Pero no voy a reproducir aquí lo que estuve diciendo ahí abajo. Comento esto porque el debate creado me ha hecho pensar (otra vez) en este complicado tema de los gustos personales y la objetividad en los juicios artísticos. Como en realidad esta objetividad es imposible, siempre me he negado a considerar las subjetividades ajenas como más válidas que la mía; de hecho ni siquiera las tengo en un plano de igualdad. Cuando la subjetividad es relevante a la hora de emitir un juicio y el juicio de alguien contradice el mío, entonces ese alguien se equivoca. Es políticamente incorrecto, pero no tengo por qué fiarme de nadie más que de mí mismo en cuestiones en las que nadie sabe más que nadie. Muchos dirán que debo decir que alguien se equivoca en mi opinión, pero eso son sólo mariconadas de los pajilleros de la formalidad y los descerebrados sin alma: TODO lo que sale de mis labios es mi puta opinión, y la gente capaz de formarse opiniones propias no necesitará que se lo aclare. El problema es que hay demasiados capullos sin criterio acostumbrados a adoptar opiniones ajenas sin cuestionarse nada, como si el haberlas oído en la tele fuera garantía suficiente. Suelen ser los mismos que se apresuran a adoptar fórmulas como el “ciudadanos y ciudadanas” y sus infinitas variantes. Los mismos capaces de decir frases como “¿es que te crees que sabes más que los críticos?” o incluso “¿es que tú lo harías mejor?”. GILIPOLLAS, en definitiva.

Sin embargo, curiosamente, uno puede estar a la vez de acuerdo y en desacuerdo con alguien. La misma cosa puede ser bonita o fea por los mismos motivos. Y se llega a la diferencia definitiva, al punto en que ya no se puede argumentar, porque al final se trata sólo de sí o no, blanco o negro. Las discusiones se eternizan precisamente por el intento de racionalizarlas, de exponerlas, de justificarlas. Porque uno puede atacar un argumento, o encontrar otro que lo contrarreste, pero no se puede luchar contra un No. Cuando se llega al punto de “me gusta porque esto” y “no me gusta porque esto mismo”, entonces ya no queda nada más por hablar. Llegados a este punto, cuando veo que a alguien no le gusta (por ejemplo) la Canción de Hielo y Fuego justo por los mismos motivos por los que me gusta a mí, entonces sólo puedo considerar a ese alguien como una especie de homosexual literario (sin ánimo de ofender a los homosexuales). Y es que me imagino que a los maricas les gustan los tíos justo por el mismo motivo por el que a mí no me gustan: porque son tíos. Son cosas de la diversidad humana. Lo que no pueden hacer es venir a decirme que las tías dan asco, porque entonces volveremos a empezar otra vez toda la discusión, que nos devolverá al mismo punto una vez y otra y otra.

Así que si alguna vez te encuentras en desacuerdo conmigo, piensa que o bien estás equivocado o bien eres homosexual. Tú eliges.

lunes, 9 de enero de 2006

Todo suma


“Todo suma”, me dijo una amiga una vez. En realidad ella no quería decir eso, era un malentendido: pensaba que lo había dicho yo y le llamaba la atención, pero yo había dicho otra cosa. De todas maneras, es verdad: todo suma.

Ya decía Hank Scorpio que las cosas pequeñas son las que hacen la vida. No se puede luchar contra eso, porque todo suma. Esta tarde he continuado la partida que estoy jugando al Football Manager 2006, un estupendo juego de estrategia deportiva. Ha sido un completo desastre. Caímos en una extraña racha de siete derrotas consecutivas, perdiendo partidos de todas las maneras posibles. En el último minuto, en el primero, de goleada, ajustadito, jugando mejor, jugando peor. Yo me volvía loco porque tengo plantilla para sacar resultados mucho mejores. Conseguimos marcar un montón de goles, pero por algún motivo misterioso siempre me lo devolvían a los dos minutos. En más de una ocasión, me metían dos por el precio de uno. Me adelanto en el marcador. Vale, de puta madre. Vamos aguantando el resultado, con ocasiones para ampliarlo, y entonces, en su primera llegada, me empatan. Y en dos minutos, sacan un córner y me meten otro. Yo no me lo puedo creer, pero estamos jugando bien y confío en remontar. Entonces me meten otro al contraataque. Para llorar. Esto me ha pasado hoy cuatro o cinco veces. En otro partido, el que aniquiló mi moral por completo, estábamos viendo esta misma historia; yo les había echado la bronca a los jugadores en el descanso y parecía que estaban saliendo con ganas. Logramos el empate a dos en el minuto 78, con una actuación sobresaliente de Ezequiel Lavezzi, que había entrado en la segunda parte. Luego, una jugada magistral de combinación que acaba con un centro a mi ariete, Ilhan Mansiz, que marca un golazo por la escuadra desde el borde del área. 3-2. remontada, alegría, jolgorio. Minuto 82. las cosas salen bien, para variar. Estamos con un hombre menos desde el minuto 20 del partido por una roja directa (merecida, para qué negarlo), asi que decido que hay que mantener el resultado. Quemo el último cambio, retiro a un delantero y meto a un mediocentro defensivo, le encargo al equipo que defienda a saco y retraso a los extremos. Cinco putos minutos para ganar el partido. Me empatan en el 88, de penalti (y en casa!), y en el descuento un desgraciado remata a gol un despeje de mi portero. 3-4. de ahí en adelante, todo cuesta abajo. Lo peor es que no jugamos mal. Marcamos en todos los partidos, pero nuestra defensa es lamentable y… nos marcan más. Lo peor es encajar por culpa de algún capullo que la caga en un pase en el centro del campo y deja vendida a la defensa. Es que así no se va a ningún lado. Evidentemente, la directiva acabó por destituirme. Habíamos caído en puestos de descenso a 2ªB, a pesar de ser el 2º equipo más goleador de toda la liga. Para mayor infamia, yo acababa de rechazar una oferta de contrato del Levante, que iba cómodamente instalado en la 8ª plaza. Pasé de ellos porque estaban endeudados hasta las cejas y me ofrecían menos pasta, aparte de porque tenía cerrados unos fichajes cojonudos para la próxima temporada. Pues nada. Me fui de vacaciones a esperar ofertas, mientras veía como, en verano, la prensa felicitaba a mi sustituto por los ambiciosos fichajes que yo había hecho. Lamentable. En un momento de depresión y hastío, decido salir del juego sin grabar la partida, cobardía despreciable que nunca suelo hacer.

Hoy es un día estúpido, un lunes después de vacaciones, nada sale bien y tengo ganas de irme a dormir ya para acabar con esto de una vez. Parece una chorrada, pero es que todo suma.

viernes, 6 de enero de 2006

Y el ganador es... George RR Martin por Canción de Hielo y Fuego


¡Tú y yo lo sabíamos! Martin se lleva, merecidamente y por unanimidad, el premio literario más prestigioso del año gracias a su serie Canción de Hielo y Fuego, cuyos libros publicados en castellano bien podrían haber ganado algo en sí mismos. El jurado ha estado encerrado mucho tiempo entre serias deliberaciones, y es que se dudaba de lo apropiado de premiar a una serie inconclusa, pero al final la calidad de la obra terminó de convencer todos los integrantes. “¿Calidad?”, se preguntarán algunos. Pues sí.

Porque claro, cuando uno ve que se trata de fantasía y que es una serie de libros muy gordos con esas portadas tan horribles y horteras de la editorial Gigamesh, resulta muy difícil tomárselo en serio. Yo, de entrada, pensaría que son una basura, igual que todo el resto de las series de fantasía en general. De hecho rechacé leerlos durante un montón de tiempo, obedeciendo a mis prejuicios. Los prejuicios no suelen fallarme, pero esta vez se equivocaron. Canción de Hielo y Fuego es el máximo exponente de su género, pero su género no es fantasía épica, sino folletín. Desde luego no es épico, y no es una epopeya como lo era El Señor de los Anillos o como pretenden serlo muchos abortos literarios del género. La etiqueta “fantasía épica” es un estigma que arrastramos desde Tolkien y que nos convendría olvidar; lo fantástico abarca demasiadas cosas pero al mismo tiempo no lo abarca todo. “Fantasía” o “ciencia-ficción” son supergéneros que abarcan a todos los demás, un barniz que los cubre. Uno puede hacer un drama o una comedia en fantasía o c-f, y no por ello deja de ser, en esencia, un drama o una comedia. Cualquier otra consideración es cliché.

Así pues, estaremos de acuerdo en que Canción de Hielo y Fuego es un folletín. Para muchos ignorantes, eso significa asumir que se trata de una obra de simple entretenimiento que recurre a trucos efectistas para lograr emoción y mantener el interés. Lo curioso es que no se equivocan en eso. Se equivocan en asumir que sólo por eso ya se trate de una obra de inferior mérito o calidad, menos digna de atención que algo más “serio”. El error es pensar que como los culebrones venezolanos son folletín, todo el folletín es como un culebrón venezolano. Porque Alexandre Dumas no es como Boris Izaguirre, y Edmundo Dantés no es como Carlos Alberto (siempre hay un Carlos Alberto).

Si alguien no está de acuerdo con esto, debería revisar su escala de valores. Uno puede decir “eh, este tío acaba los capítulos en lo mejor para dejarme con ganas de seguir leyendo” o “vaya, este giro argumental tan inesperado es para descolocarme y aumentar mi interés”, o incluso “demonios, esta muerte dramática de un personaje principal da una gran carga emotiva a todo”; pero lo que uno no puede hacer es decir “bah, son recursos facilones”. La elegancia nunca es fácil, amigos. Hay mucho de todo esto en Canción de Hielo y Fuego, pero también hay elegancia y oficio. Hay personajes sólidos, con carácter propio, con ideas propias, casi con alma, cuyas conversaciones vertebran la obra. Hay una narración precisa, firme y clara, al servicio de la historia. ¿Por qué debería ser más brillante? Si Martin fuera futbolista, cierto que no sería Ronaldinho, pero sí podría ser Buffon o Casillas. Vamos, que no regatean a toda la defensa rival ni marcan con arte, pero no dejan de ser los mejores porteros del mundo. Al César lo que es del César, dijo aquel. Martin seguramente sea el mejor en el género, y lo demuestra en cada libro de la serie. La diferencia entre Canción de Hielo y Fuego y cualquier serie entretenida y olvidable es la misma que hay entre Hamlet y un telefilme de sobremesa de Antena 3.

En definitiva, creo que Canción de Hielo y Fuego no es sólo lo mejor que he leído en todo 2005, sino que es de lo mejor que he leído jamás. Si no la conocéis, probad el primer libro, Juego de Tronos. Si al terminarlo no deseáis compulsivamente leer el siguiente, por favor, venid a explicarme por qué. Si la conocéis, sabréis que todo lo que dije es verdad. Si pensáis que no, comentadlo, hostia, que para eso está la opción.

En todo caso, felicidades a George Martin por el premio. Y que se cuide mucho (al menos hasta que termine el último libro).

miércoles, 4 de enero de 2006

Adiós 2005, hola 2006

2006 ha llegado como un compromiso que hay que cumplir, y viene cargado de interrogantes y de promesas. Es la primera vez en mi vida que no tengo ni la más remota idea de lo que acabaré haciendo durante el año. Supongo que, técnicamente, todo es posible. Aunque aún no tengo noticias de la famosa asignatura que me falta para terminar la carrera, ya está hecho todo lo que había que hacer, así que me tomaré el último mensaje de la profesora (“no te preocupes”) al pie de la letra y empezaré a considerarme licenciado. Ya era hora, por otra parte.

La noche de fin de año ha sido extraña, y en ella he leído presagios oscuros pero tranquilizadores. Algo así como que aunque sea todo un desastre, siempre puede acabar bien. Ahora mismo estoy (más o menos) de vacaciones tras terminar las prácticas y me gusta pasar el día en casa escuchando música y leyendo. Pronto tendré que empezar una nueva lista, Lo Mejor de 2006, y pronto, también, será la ceremonia de entrega de premios a la edición de 2005. Me gustaría tomarme tiempo y hacer algo especial, pero da tanta pereza a veces… por eso de vez en cuando viene bien leer algún mensaje de reclamación como el de Slesnor, que no tengo ni idea de quién puede ser pero le agradezco que esté ahí.

Para empezar 2006, ayer me ha dado el punto de ir al cine con Alberto. Hemos ido a ver Doom (mis disculpas a aquellos con quienes había medio quedado para ir otro día, pero fue una arroutada). Para alguien como yo, que no va mucho al cine y casi siempre se queja de las malas películas, ir a ver Doom es un completo despropósito. Pero de alguna manera, se lo debíamos al videojuego. Y teniendo en cuenta que jamás pagué un duro por las muchas horas de horror y diversión que ese juego me proporcionó en la adolescencia, no me arrepiento de haber pagado la entrada. Lo veo más como un sacrificio honorable.

Y sí, efectivamente: Doom es justo lo que parece. En su descargo podemos decir que no engaña a nadie. Si vas a ver una peli adapatada de un videojuego de tiros sin argumento y protagonizada por The Rock, luego no puedes quejarte. De todos modos, a mí me hubiera gustado ver más homenajes al juego. Monstruos, sobre todo. En mi opinión, es una lamentable oportunidad perdida el no haber incluído un Cyberdemon en la peli, el único personaje de videojuego que me ha provocado auténtico y genuino terror. Debería ser la piedra angular en torno a la que levantar la película. Total, no hubiera sido peor y los fans se hubieran quedado más contentos. Pero bueno, me callo ya que no quiero hacer spoilers. Aunque tampoco hay mucho que spoilear…

Próximamente, la entrega de premios. Que paséis un feliz 2006!