lunes, 24 de abril de 2006

Estadísticas

De vez en cuando le echo un ojo a la página de estadísticas del blog. Suele ser curioso. Aunque la mayor parte son datos aburridos y sin interés, de vez en cuando se encuentra uno con cosas espectaculares. El ritmo de visitas está aumentando sorprendentemente en 2006 y aún no acabo de entender por qué, pero oye, bienvenido sea. Si ir más lejos, el otro día se batió el record de visitas en un solo día (el 21 de mayo, 69 visitas), y para mí es un misterio, porque la media suele estar muy constante en treinta y algo. Y no hubo post ni nada. ¿Qué habrá pasado el 21 pa que haya entrado tanta gente? Alguna conjunción astral o algo. O tal vez fuisteis otra vez los mismos, poseídos por la fiebre de la polémica futbolera de esos días. Otro record, por cierto: 30 comentarios en un mensaje. Como ya me comentó alguien, se han visto los mismos típicos argumentos que todos hemos oído en una conversación sobre ese tema… lo cual respalda mi afirmación de que los antifútbol no razonan, de lo contrario hubieran llegado a las mismas conclusiones que yo/nosotros. Y que no se me ofenda nadie, que (como ya dije) no me refiero a la gente a la que no le gusta, sino a los que van de guays.

Pero lo que más me gusta de las estadísticas es, de largo, ver cómo llega la gente hasta aquí. En concreto, ver qué cosas han buscado en el google que les han hecho caer por estos lares. Aquí es cuando uno se sorprende, y se pregunta en qué mundo vivimos. Porque vale, en su mayoría son cosas normales y lógicas (y en su mayoría, estoy seguro, la gente cierra la página en cuanto se da cuanta de dónde está), pero a veces… bueno. Muchos han llegado buscando datos sobre el famoso anuncio de neutrex de la mujer del futuro. A mí me choca porque después de un montón de tiempo de su emisión, nunca oí a nadie comentarlo, y en alguna ocasión hasta me han mirado raro por decir cosas sobre ese anuncio en concreto… y después de escribir el comentario, me fueron llegando referencias que casi lo convierten en un icono subcultural. Gente haciendo tiras cómicas sobre él, alguna aparición estelar en El Jueves… en cierto modo es tranquilizador comprobar que ese anuncio nos ha marcado a muchos. Pero sólo en cierto modo. También hubo un tipo que llegó preguntando por el “eslogan de fossil”. Si hubiera visto el anuncio no le quedarían ganas de saber nada más de esa firma… en fin, allá cada uno con lo suyo. El “capítulo psicodélico de los simpson” es otro cebo que ha hecho caer a mucha gente en esta trampa vil… y no os imagináis la cantidad de gañanes que son capaces de escribir mal el apellido simpson.

Pero todo esto son menudencias, porque hay por ahí un degenerado lamentable que es la verdadera razón de que esté hablando de este tema tan chorras. Porque lo que ese tipo preguntó al google, amigos, es nada más y nada menos que “como penetrar bien a una gorda”. No me preguntéis por qué, pero mi comentario sobre los autobuses es la segunda página que aparece después de buscar eso. Ante esto, poco queda por ver. Lo concreto de la pregunta no deja de fascinarme, por cierto. Cualquiera sabe cómo penetrar a alguien, pero ese tío quiere saber cómo hacerlo “bien”. Y además, no a una persona cualquiera, sino a una gorda. ¿Qué cabeza puede preguntarse eso? ¿Acaso no posee capacidad para extrapolar? Supongo que el pobre tipo se habrá quedado muy decepcionado cuando entró aquí y vio que el tema no tenía nada que ver con lo que él buscaba. Para evitar esto en el futuro, responderé a la pregunta lo mejor que puedo: “¡con los ojos cerrados!”.

Si alguien quiere proponer otra manera, el botón de comentarios está pa eso.

miércoles, 19 de abril de 2006

Faith


Las cosas no tienen, en sí mismas, más importancia que la que uno quiere depositar en ellas. No os dejéis engañar en esto. La gente va por ahí diciendo “eso no es importante”, “esto sí”, o “eso es más importante que aquello”. Chorradas. Si relativizamos algo lo suficiente, veremos que en el fondo casi nada importa nada. A mí, por ejemplo, casi todo me da igual, porque doy importancia a pocas cosas. Después de pensar en ello, por diversos motivos que ahora no vienen al caso y no merece la pena comentar, he llegado a la conclusión de que lo único que me importa son un cierto número de personas a las que quiero. Ni siquiera es un número muy grande, sumando amigos y familiares. Luego hay cosas que me alegran un poco la vida, pero eso ya es otro tema.

Todo esto viene al caso porque desde ayer se están jugando las semifinales de la Champions League, la Copa de Europa de clubes, vaya, y las estoy siguiendo con gran interés. Yo no diría que me importan, de la misma manera que tampoco me importa una tarta de queso, por deliciosa que sea o por mucho que disfrute con ella. Pero a pesar de todo, me gusta el fútbol, y me interesa todo ese circo que se trae. Análogamente, hay gente a la que no le gusta, qué se le va a hacer. Pero luego hay otro tipo más de gente, casi todos snobs gilipollas, que se declaran militantes antifútbol. No pierden ocasión de menospreciar a los jugadores, a los dirigentes, a los aficionados, al deporte mismo. “Estoy harto de tanto fútbol”, dicen. Se indignan de que los jugadores cobren sueldos estratosféricos por darle patadas a un balón cuando hay gente que se muere de hambre en África, y te lo dicen tan tranquilos, al parecer sin darse cuenta de que quedan como demagogos descerebrados. Malditos imbéciles.

Ante estas opiniones, mis respuestas suelen estar en la línea de “jódete”, o “si no te gusta, vete a algún país comunista y deja de dar el coñazo”. Ya sé que no son muy agudas, pero de todos modos no se consigue nada razonando porque esa gente no razona. Más allá del hecho (evidente) de que los futbolistas ganan un sueldo perfectamente justo por el simple motivo de que hay alguien dispuesto a pagárselo (lo que es, no lo olvidemos, una de las bases de nuestra sociedad), yo afirmo que se lo merecen. Y aunque la situación para la humanidad no va a cambiar gran cosa gane quien gane el Mundial de Alemania de este verano, nadie puede decir que es un acontecimiento sin importancia (o, para ser más exactos, no tiene menos importancia que cualquier tema que se trate en el Congreso o lo que pueda decir cualquier diario sobre la burbuja inmobiliaria). Si nos despegamos de la subjetividad de considerar las cosas a las que damos importancia para pensar en aquellas a las que comúnmente se le da importancia, probablemente el Mundial sea lo más importante que ocurre cada cuatro años.

Pero no se trata sólo de eso. Estos resentidos envidiosos que son los militantes antifútbol (y que son el mismo tipo de persona que cualquier militante anti-algo, personas despreciables en su mayoría) prefieren quedarse en lo frívolo y superficial sin considerar cuestiones más profundas. Ya sabéis, toda esa mierda del deporte como método de superación personal, el honor, etc. Porque aunque lo forres de millones y lo llenes de hooligans borrachos, al fondo del vaso sigue estando la esencia del asunto. El hecho es que hay personas a las que verdaderamente les importa lo que pase con su equipo. Les importa igual que lo que le ocurra a su mejor amigo. Les importa más que lo que diga el presidente. Así de fácil. Han escogido algo distinto a lo que amar, más allá de las personas o la razón. Si esto es ridículo o motivo de burla, más vale que empecemos a suicidarnos todos en masa, porque un buen número de los mejores sentimientos de los que es capaz el ser humano se pueden encontrar, con algo de suerte, en un campo de fútbol.

Y no quiero acabar este alegato profutbolístico sin mencionar la final de la Champions de 2005, aquel increíble Liverpool-Milan. No voy a hablar del admirable ejercicio de voluntad que es remontar un 0-3 a un equipo muy superior cuando nadie da un duro por ti (jodidamente épico, por otro lado). No, quiero hablar de un tipo llamado Jamie Carragher, un defensa central del Liverpool. En la prórroga, empatando, después de haber hecho algo que estoy seguro que nadie creía que se podía hacer, le dio un tirón en una pierna. O se le subió un gemelo o algo así. Luego leí por ahí que el fulano tenía calambres, pero eso durante el partido yo no lo sabía. Lo que sí sabía es que el tío estaba sufriendo. Tenía una cara de dolor que sólo se puede lograr cuando estás bien jodido, roto de cansancio y bajo una presión brutal. Sudaba como un puto cerdo y uno podía ver que le dolía cada paso que daba. En la jugada siguiente, como un minuto después, un delantero del Milan se escapó de su par y se fue derecho a la portería. Pues bien, el tal Carragher se lanzó a por el balón como un salvaje a cortar su avance. Y lo hizo. Y juraría que lo he visto gritar mientras hacía la entrada con la misma pierna que tenía agarrotada un par de minutos antes. Y estoy seguro de que en ese momento no pensaba “qué bien vivo, con mi sueldo millonario y mi deportivo mientras tanta gente se mata a trabajar”. Supongo que debía ser algo como “Yo este balón lo saco por mis cojones, y si me muero, me muero sacándolo”. Y en ese instante, capullos antifútbol, Jamie Carragher se ganó, en mi opinión, cada mísera libra de su millonario sueldo. Porque para toda la gente a la que le importaba, la posibilidad de ver a su equipo ganar la Champions vale más que el dinero.

Y si no os gusta, largaos a algún país comunista y dejad de dar el coñazo.

viernes, 14 de abril de 2006

Reality


El otro día, estando en el 24 horas, me fijé en las bolsas de conguitos. Yo no lo sabía, pero ahora también hay conguitos de chocolate blanco. Estaban en el expositor, el uno junto al otro, en una hermosa estampa de hermandad. Colors. El blanco y el negro, muy juntitos. Pero me choca una cosa.

Los conguitos blancos siguen teniendo rasgos de negro (digamos que tienen un origen africano, para que no se nos ofendan los meapilas). En los conguitos normales, no hay ningún problema, siempre nos los vendieron como… bueno, como aborígenes del Congo o algo así. “Yo soy aquel negrito del África tropical”, decía el anuncio de otro producto muy conocido. Era un poco eso. De siempre, se relacionaba a los productos de chocolate y similares con negritos en África. Negritos, conguitos, viene a ser igual. Por cierto, también hay unas pastas llamadas negritos que están de vicio de ricas. Todo terriblemente condescendiente, en definitiva.

Lo coherente sería que los conguitos blancos tuvieran otro diseño. Que fueran blancos, rubios y de ojos azules. Como en el Congo no debe de haber mucha gente así, también habría que cambiarles el nombre. Yo propongo Rumanitos. Conguitos y Rumanitos. Mantiene ese espíritu despectivo con el que nos sentimos tan cómodos, es perfecto. Pero por lo que se ve, la coherencia no es una virtud bien vista en este mundo.

Es una pena que no tenga ningún colega negro para poder oír su punto de vista en estas cosas. Tengo mis propias opiniones, pero inevitablemente deben de estar sesgadas por mi cultura. No podemos escapar a nuestro tiempo, no del todo. En Francia sí que he conocido a varias personas de diversas razas y procedencias, y la mayoría eran muy majos, pero nunca tuvimos mucho contacto. C’est la vie.

Algo parecido pasa con los homosexuales. Fernando me ha asegurado una vez que tengo un colega homosexual, pero yo tengo ni idea de quién puede ser. Tampoco especulo, simplemente no pongo la mano en el fuego por nadie. Pero me gustaría saberlo porque a veces me pregunto qué pensaría alguien de tal o cual tema. Si supiera quién es, seguro que le preguntaría muchas cosas de vez en cuando. Salid del armario, hostia.

jueves, 6 de abril de 2006

A veces pasa

Supongo que a los que escribimos blogs nos pasa a menudo que, si dejamos pasar una ocasión, la perdemos para siempre. A veces piensas “estupendo tema para hacer un comentario”, pero si lo dejas pasar, luego ya no te sirve. A veces, ni siquiera te acuerdas de qué era lo que querías comentar. A mí me pasa todo el tiempo.

Muchas veces, llego aquí con una idea preconcebida y saco un comentario. Otras, empiezo a escribir de cualquier cosa y voy tirando por ahí. Esas son las peores, las menos interesantes. No es sólo porque no me pasan muchas cosas interesantes, sino porque además ejerzo una autocensura casi inconsciente sobre las cosas que estoy dispuesto a decir y las que no. Quizá vaya en contra del interés del texto, pero soy así de reservado, qué le vamos a hacer. El Poor Bastard de Joe Matt es una lectura estupenda, pero no es el rollo que a mí me va (y no lo digo sólo por el tema de las masturbaciones). Eso sí, me parece admirable, como admirables son también esos arranques de sinceridad de Alberto. Pero es difícil que yo haga algo así. Y si algún día parece que lo hago, no os fiéis: será ficticio.

Con todo, tampoco creo ser terriblemente reservado. Por eso me sorprendí mucho cuando, en medio de una conversación insustancial sobre no recuerdo qué, hice algún comentario sobre mi hermano, y Gabi, a quien conozco desde hace muuuchos años (mmm… ¿siete? ¿ocho?) se quedó a cuadros porque pensaba que yo era hijo único. Quiero pensar que es culpa suya, que está en la parra todo el tiempo. O en su coto de caza (guiño*, guiño*).

En este punto ya os habréis dado cuenta de que ésta es una de las otras veces. Durante esta semana pensé en varias cosas que sería divertido comentar aquí, pero como se me van de la cabeza o caducan antes de tiempo, me puse a ello estando completamente en blanco. Y así salen estos mensajes deslavazados, claro. ¿Que por qué hacerlos? Bueno, qué puede uno decir. Siempre es mejor que ver la tele. ¿O no?

sábado, 1 de abril de 2006

Radio Free Waznei

Cada poco aparece por Internet un juguete nuevo. La mayoría nos aburren pronto. En realidad, creo que todo nos aburre pronto, o al menos a mí me pasa. Da la sensación de que hoy en día las cosas no están hechas para durar; el entretenimiento tampoco. Todo debe cambiar, siempre hace falta algo nuevo. Y es así como las coñas telefónicas, los vídeos chorras y los mails (supuestamente) graciosos acaban hartándonos… o al menos, a los que tenemos buen gusto (este es el punto en que los listillos me preguntan qué es el “buen gusto”… deberíais saberlo ya, mamones: es el que se parece al mío).

Ahora pensaba escribir un pequeño comentario sobre lo rápido que se mueve nuestra sociedad hacia ninguna parte, pero he descubierto que no estoy demasiado inspirado para eso. Empecé este post con la idea de comentar mi nuevo juguete, antes de que me aburra y pierda el interés, como me ha pasado ya tantas veces. Asi que será mejor que me ciña al tema.

Es simple. Las circunstancias fueron propicias y me dio por probar una de esas páginas de radios personalizables que hay por la red (podéis considerar a este tío el culpable directo, así como de que esté escribiendo un blog, ya que lo comentamos). Tenéis el link del engendro al final de la barra lateral. La idea es que uno va poniendo los grupos o canciones que le gustan y el programa los va reproduciendo para tí según le parece… pero (y ahí está lo interesante), el caso es que el bicho “reconoce” tus gustos y te propone cosas que, para él, coinciden con ellos. No tienes un control directo sobre lo que escuchas, más allá de poder decir “esto me gusta” o “esto no me gusta”, con lo que se supone que el cacharro va afinando.

Hasta el momento no me han hecho escuchar nada que me hiciera lanzar cohetes, pero también es verdad que no he oído nada repugnante. La mayor parte es un poco anodino, salvo, naturalmente, las cosas que yo mismo he dicho que me gustaban. Pero aún así no acabo de dejarlo, porque siempre cabe la posibilidad de que la próxima me guste, ¿no? ¿Quién sabe? Y le das una y otra vez al botón de “siguiente”, hasta que un compungido mensajito te comenta que por motivos de licencias existe un límite al número de canciones que te puedes saltar en una hora. Nada te impide, sin embargo, escucharlas enteras o simplemente cerrar y abrir una ventana nueva para repetir todo el proceso, eso sí. Al final resulta que más tiempo del que te pasas escuchando cosas te lo pasas saltándotelas y esperando a ver qué es lo siguiente. Toda una metáfora de la vida. Corriendo deprisa hacia ninguna parte.

En fin, le daré una oportunidad a todo esto, porque parece que tiene un repertorio amplio tanto en variedad como en tiempo, y no parece que intente colarme nada con fines descaradamente publicitarios… y, para qué negarlo, me hace gracia la idea de que una máquina analice mis gustos e intente satisfacerlos. Ojalá las personas hicieran lo mismo.

Asi que ya sabéis, desde ahora tenéis en Radio Waznei una nueva forma de escuchar música. También podéis probar las otras que tenga por ahí (y es que el chisme recuerda las “emisoras” de otra gente que has probado), como es el caso, de momento, con la que se llama stereotopffer; pero para los que no conozcáis al responsable, os advierto que sólo encontraréis ruidos raros y cacofonías irritantes. Hala a mover el esqueleto.

PD
Juguemos a las adivinanzas! Hay una referencia a Philip Dick en este post. ¿Alguien sabe cuál es?