domingo, 25 de junio de 2006

Esa especie de morboso atractivo

Desde que empecé a escribir esto, hace ya más de un año, he tenido siempre más o menos claro quiénes serían mis lectores. No me he equivocado, o al menos, no en un gran porcentaje. Desde el principio asumí que seríais casi todos conocidos míos. Siempre ha sido una sorpresa extraña (y agradable!) que alguien a quien no conozco en persona venga, lea, deje comentarios e incluso vuelva otro día. Si puedo explicarme su conducta es sólo porque yo mismo leo y comento blogs de personas igualmente desconocidas. Y me llaman mucho la atención las pequeñas diferencias, como le pasaba a Vincent Vega con Europa.

Una de estas diferencias estriba en la concepción básica de cada mensaje. Yo tengo claro quién es mi público, y aunque a menudo haga cosas sabiendo perfectamente que a ninguno de ellos (vosotros) le van a interesar un pijo, eso es algo que me condiciona mucho. Porque, acogiéndome a mi naturaleza reservada, me guardo de decir muchas cosas que no me apetece compartir así por las buenas. Y también porque no creo que fuera buena idea comentar, especular, analizar o juzgar las acciones y actitudes de algunas personas que conozco, ya que quizá no se lo tomarían bien. Aunque no me parece que sea molesto, la verdad es que ejerzo una constante autocensura sobre lo que escribo aquí.

Y resulta que hay blogs en los que eso no ocurre. Hay quien se lanza a contar su vida y a rajar a gusto, amparados por el anonimato. Me parece la mar de interesante. Incluso he oído casos de gente que, teniendo un blog, abre otro “secreto” en el que nadie sepa quién es. El hecho es que en un momento dado uno puede escribir cualquier cosa en la intimidad de su casa, pero muchos se lo piensan dos veces antes de dejar que lo sepa el vecino. Yo todavía no he llegado al punto de hacer eso, porque no siento ninguna necesidad interior de contar todas esas cosas que es mejor que no cuente. Pero la idea tiene una especie de morboso atractivo. No solo por la sensación de evasión que debe producir dejar de ser uno mismo y poder decir cualquier cosa sabiendo que alguien va a escuchar (de alguna manera siempre llega alguien), sino también (y más que ninguna otra cosa, en mi caso) por el detalle de que todas esas historias que uno decide callarse serían terriblemente interesantes de leer. Porque si algo es secreto es porque tiene importancia para alguien, y si la tiene es porque ese algo es de alguna manera especial, revelador o llamativo. A todos nos gusta conocer secretos, y llegado el caso, revelarlos. Tiene esa especie de morboso atractivo. Secreto, prohibido. Delicioso.

domingo, 18 de junio de 2006

Geralt de Rivia


Tenemos nuevo candidato. Aunque hace pocos meses ni lo había oído nombrar, el tal Sapkowski hace bien las cosas. Estrictamente, se trata de dos novelas (El Último Deseo y La Espada del Destino), pero aquí han optado por publicarlas en un único volumen bajo el epígrafe de “La Saga de Geralt de Rivia”. O así es en la edición que a mí me ha llegado. No me parece una mala solución, por más que el tema de las sagas se haga un poco cansino. La estructura de ambas novelas es bastante “modular”, se trata casi siempre de cuentos cortos independientes entre los cuales el único nexo de unión son los propios protagonistas. Aunque cada obra cierra el paréntesis de todos los cuentos precedentes en el capítulo final, definitivamente no se puede decir que sean historias intrincadas; se podrían leer en un orden aleatorio con sólo un par de excepciones. En parte por esto, no creo que tenga mucho sentido esbozar el argumento, y la verdad no sé muy bien cómo resumirlo fielmente en una sola frase. Para muchos, eso significa que la historia no es buena. No sé quién les habrá contado esa milonga.

Lo que más me llama la atención es el tono “europeo” que tiene el libro todo el tiempo. Lo cierto es que no hay mucha fantasía europea (o yo no la conozco), pero realmente este Geralt de Rivia tiene un sabor diferente, pese a que se basa en los mismos tópicos e ideas preconcebidas. Sin duda una lectura de primer orden para cualquier amante de la fantasía, y un estupendo pasatiempo para cualquier lector ocasional. Claro que esto es sólo mi opinión. Habrá quien crea que es pretencioso, que su mal velada crítica a la voracidad del desarrollo humano a costa del equilibrio natural es trasnochada, facilona y pueril, que se trata de personajes arquetípicos sin trasfondo (o peor, con falso trasfondo), que carece de elegancia y los personajes sueltan tacos todo el tiempo en un intento barato de ganarse al público, que las historias son simplonas y que todo el rollo chungótico del protagonista torturado que es la hostia en verso y en el fondo un pedazo de pan está pasado de moda. Pues qué queréis que os diga. Hay gente para todo.

jueves, 15 de junio de 2006

Con nocturnidad y alevosía

Si no hubiera noches, habría que inventarlas. De la manera que fuera. Con el método del señor Burns, por ejemplo. Pero la forma da igual. El caso es que a veces viene bien la oscuridad de fuera, aunque solo sea para que no se note la oscuridad de dentro. Creo que los chinos relacionarían esto con alguna filosofía de esas que tienen por allí, el ying y el yang, los opuestos, lo que sea. Los chinos siempre tienen filosofías raras. Claro que, ¿qué se puede esperar de una cultura que nunca logró descubrir el sofá? Tanto misterio oriental, tanto papel, tanta pólvora, tantas hostias, y al final ni un sofá, ni un triste colchón. ¿Qué clase de gente puede vivir así? Se les agotó la cabeza pariendo el idioma ese raro que tienen. Ese que se escribe con dibujitos. Claro, así quién va a pensar. A ninguno se le ocurrió tampoco inventar un tenedor. Comían con palos. Hay que ser un poco gañán. Los antropólogos vendrán a darnos alguna explicación ridícula deducida de unas vasijas rotas que encontraron en un hoyo, que vete tú a saber si no sería un cagadero en lugar de un comedor. Y es que la incompetencia está en todas partes, no es toda de los periodistas. También los historiadores se montan pajas mentales que luego nos cuelan como teorías. Ya decía Gabi que en la carrera les enseñan a hacerlo, me lo creo a pies juntillas. La realidad es que una sociedad que te obliga a dormir en una puta esterilla o a desarrollar la habilidad de manejar palillos al comer está abocada al fracaso, a la decadencia. Los tiempos cambian y ahora tratan de hacerlo pasar por algo tradicional, modernillo, guay. Y la peña se lo cree. Yo probé esa mierda de los palillos hasta que se me dio suficientemente bien como para comer tranquilo, y entonces la voz de la razón me dijo “ya has hecho la coña, ¿por qué sigues con esa gilipollez?”. Y nunca dormiría en una esterilla por mi propia voluntad. Lo he hecho alguna vez por necesidad y es un maldito infierno. ¿Quién en su sano juicio no trataría de imaginar algo más cómodo? Miren los árabes, qué listos eran los cabroncetes. Cojines. Astronomía. Matemáticas. Aún usamos su sistema de numeración. Pero sobre todo, cojines. Cojines por todas partes. Esos tíos sabían mucho de la vida. Me pregunto qué les habrá pasado. Ahí tienes las pirámides. Vaya un curro hacerlas, y no sólo de los pobres esclavos que habrán estado puteados con el asunto. A nivel logístico y arquitectónico todo eso es la pera. Y ahora, ¿qué hacen los egipcios? ¿Dónde han estado los últimos 5000 años? Decadencia. Igualito que los griegos: todos esos filósofos, esos pensadores de la hostia, esa sociedad tan avanzada para su época. Ahora son unos tíos feos que pastorean cabras. Sí, todas las griegas que he visto eran repelentes. Igual tuve mala suerte, pero es lo que hay. Quizá en tiempos hasta estaban buenas. Si el pensamiento decae, ¿por qué no va a decaer el físico también? Sí amigos, la decadencia alcanza a todo y a todos. A los americanos también les va a tocar. Qué leches, ya les está tocando. ¿Quiénes serán los próximos amos del mundo?

Suave dulce fresco

Empieza despacio, subiendo poco a poco por tu pierna dormida, una canción triste de humedad y olvido. Reptando sibilante, saborea el aire a tu alrededor y huele la textura de tus sueños. Suave dulce fresco como las noches en verano, como la lluvia en un día cálido, como tu sangre en sus labios. Suave dulce fresco el roce de las escamas, la caricia de la muerte buscando el último estertor. Olvida tus sueños, despierta a las pesadillas, paladea el momento y afronta, si puedes, la mirada hipnótica de la que aprende el diablo. Sólo un instante, sólo un mordisco, sólo una vida.

martes, 13 de junio de 2006

Más vale agua fresca que pis caliente

Cuando la gente se me queja del calor, suelo responder que ahorren saliva, porque aún no hemos llegado a lo peor del verano. Otra respuesta recurrente es "podría ser peor: podría llover". Qué razón tengo siempre. Hoy el Martes 13 se empeñó en hacer honor a su fama, regalándonos un día lluvioso y caluroso al mismo tiempo. El cielo tiene ese gris desmoralizador propio de las tardes de invierno, que sin duda indujo al suicidio a más de uno a lo largo de la historia. El aire es pesado y tibio como corresponde a estos días de tormenta veraniega. Y mientras, esta lluvia perezosa, de gotas gordas y pegajosas, mezclándose con el sudor de la calle como pis caliente en el caldo. Y si te abrigas es peor, porque acabas por sudar más y la sensación de asquerosidad se acentúa. Si optas por la manga corta, te mojas como un gilipollas en esa agüilla sucia como de desagüe. Martes 13. A veces los augurios se cumplen, a veces la superstición se vuelve sabiduría.

viernes, 9 de junio de 2006

El capitán salió a comer...

Tantas cosas que se pueden decir y todas tan aburridas. Sin fuego, sin riesgo, plano. Tenía razón Bukowski. Vengo de añadir a la lista de candidatos “El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco”, una especie de diario de su último año de vida. En realidad casi es un blog impreso. Se trata de entradas cortas, de apenas seis o siete páginas la más larga, con la fecha y hora en el encabezamiento, en las que Bukowski cuenta cosas. Sin pretensiones, sin artificios. Cuenta movidas que le pasan y que se le ocurren. Tal cual un blog. Si hubiera nacido ahora, probablemente tendría uno.

Hace tiempo que pasó de moda esto de los blogs. Sin embargo, todavía estamos aquí un buen puñado de nosotros. Parece que todo el mundo tiene algo que decir, alguna indiscutible verdad que proclamar al mundo. El caso es que es divertido. Y lo más sorprendente de todo: es divertido leerlos. No hablo ya por mí, Dios me libre (aunque las 900 visitas del mes pasado sugieren que también; si es que no estaban buscando todos algún dato sobre buenas penetraciones), sino que es algo que puedo extrapolar a partir de que a mí mismo me divierte mucho leer blogs ajenos. Mi favorito desde hace tiempo es Pyjamarama! , toda una delicia del humor. La red irmandinha de blogs es un lugar estupendo en el que perder el tiempo, aunque muchos no actualizan a menudo (mamones!). Y buceando entre las referencias de las referencias, acaban por encontrarse cosas de lo más interesante… ejemplos tenéis ahí a la derecha.

Internet nos ha descubierto que hay por ahí un montón de gente capaz de ponerse a teclear y hacerlo lo suficientemente bien como para que volvamos regularmente a ver qué nos siguen contando. Me parece estupendo. Sólo me pregunto una cosa. ¿Qué pasa con los periodistas? Ya sabéis, esos tipos que reciben un salario a cambio de narrar acontecimientos en los periódicos, o sencillamente hacer una columna de opinión (que viene a ser exactamente igual que un blog, pero con menos espacio). Aparte de lo tendenciosos, desinformados y poco fiables que son, ¿os habéis parado alguna vez a leer algún artículo? ¿Me lo parece a mí o casi todo lo que se puede leer es mierda? Y no me refiero solamente a las faltas de ortografía e incorrecciones gramaticales (que también las hay, y cuántas), sino al tono general de las cosas. Es farragoso, incómodo, poco natural. Sin fuego, sin riesgo, como dice Bukowski. Si hay tanta gente capaz de hacerlo mejor, ¿por qué tenemos que conformarnos con esos gilipollas? Casi todos los periodistas son escoria, es difícil encontrar uno decente. Claro que esto debe de pasar en casi todas las profesiones. Bukowski vuelve a tener razón.

“Toda esa gente. ¿Qué hace? ¿Qué piensa? Todos vamos a morir, todos nosotros, ¡menudo circo! Debería bastar con eso para que nos amáramos unos a otros, pero no es así. Nos aterrorizan y aplastan las trivialidades, nos devora la nada.”

lunes, 5 de junio de 2006

En Vivo

Ha vuelto el calor, maldito sea. Claro que me quejo de vicio, siempre prefiero un poco más de calor que un poco más de frío. Es asqueroso, es asfixiante, estoy sudando todo el día y al final tengo la ropa pegada al cuerpo, pero qué cojones. Tener frío es peor. Y las chicas lucen muy bien. Siempre es un pequeño extra.

Es junio, y es la primera vez en mi vida que junio no significa descanso o vacaciones a la vista. Creo que se me hará extraño, pero la verdad es que tampoco me apetece mucho irme de vacaciones. No hay nada que quiera hacer que no pueda hacer de todos modos, y si hubiera alguna cosa tampoco podría hacerla en vacaciones. Así que qué más da.

Sé que tengo pendientes un par de historias sobre mi reciente estancia en Madrid, pero cada día que pasa me parecen menos interesantes. Una de las cosas con las que me quedo es el concierto al que nos llevó Rebeca. Era algo de jazz. Yo no pensaba ir en un principio, pero fue avanzando el día y de todos modos era temprano así que no tenía nada mejor que hacer. Podría haber llamado a alguien para quedar y cenar por ahí, y de hecho casi me sentí culpable porque luego me llamaron para hacer eso exactamente y tuve que declinar la invitación. Porque en un momento tonto, impulsivo, me dio por ir. Rebeca me decía (exagerando, supongo) que el tipo era el mejor pianista de jazz del mundo. “Bueno, comprobémoslo”, me dije yo, y acabé de convencerme. La verdad es que no recuerdo cómo se llamaban los tíos, era algo así como Fulanito y Los Menganos, pero no sé exactamente. Recuerdo que al pianista en cuestión lo llamaban Melón, porque uno no puede evitar recordar los nombres ridículos. Tengo una foto del concierto en el móvil; estaría bien colgarla pero no tengo manera de pasarla del teléfono al ordenador. Algún día a algún listo se le ocurrirá incluir un USB de serie en los móviles y entonces se forrará vendiéndolos. Y de paso les pondrá un disco duro de 40 GB y una salida de auriculares, y acabará para siempre con el i-pod.

Pero estaba hablando del concierto. Creo que la palabra que mejor lo define es ACOJONANTE. Yo creía que no me gustaba la música en directo, pero se ve que estaba equivocado. Lo que no me gustan son los gilipollas que van a los conciertos. En este caso hubo suerte, se trataba de una sala pequeña donde la gente estaba sentada en silencio escuchando tocar a aquellos tipos. Así sí se disfruta. Había oído hablar de esa especie de conexión que se consigue en vivo, y la había catalogado para mí mismo como la típica chorrada de pajilleros. Las actuaciones de gente en vivo nunca me parecieron nada especial, aunque quizá es que nunca había visto a verdaderos artistas, ya sea en teatro o música. Y por supuesto, el típico concierto con cientos de personas agolpándose y gritando me parece bastante repulsivo. No me atrae nada ese rollo. En su día incluso pasé de ir a uno de Smashing Pumpkins, ¿os lo podéis creer? Hasta me sorprende a mí... Hostia, acabo de recordar que no fui a aquel concierto de los pumpkins porque ese día me apetecía más jugar Quest For Food. No creo que se pueda decir nada mejor de una campaña.

Y allí estaba yo, en aquel taburete en la barra del Café Central, con los camareros pasando por delante continuamente. Cosas de llegar tarde. De todos modos se veía bien. El caso es que empezaron a tocar, y al principio era como “bueno, a ver qué es esto”. Luego siguieron tocando y fue como “acojonante!”. Todos hacían su movida en plan de la hostia, pero me impresionaron sobre todo el pianista y el fulano de las congas (gracias Samuel). El tío este daba unas hostias que ni E. Honda cuando acribillabas el botón de puño; le soltaba una pana a los cacharros que echaban humo, y realmente sonaba de puta madre. Lo del piano era pa echarle de comer aparte. Me encanta el sonido del piano, con lo que el tal Melón tenía todas las papeletas para dejarme contento, pero lo que ví me dejó atontado. Ese tío hacía magia. Movía las manos y no veías más que borrones, no podías seguir los movimientos que hacía, pero dibujaban una estela de música que te dejaba sin aliento. Era casi como ver una peli en la que el sonido va un par de segundos más tarde. Hay algo que no funciona, pero va cobrando sentido cuando la música da significado a la imagen. Acojonante, en serio. Un momento que valió la pena. Ahora creo que Rebeca no exageraba cuando decía que era el mejor del mundo. No mucho, al menos. Y lo llaman Melón. Tócate los cojones.