miércoles, 26 de julio de 2006

Los miércoles al sol

Estoy cansado. Trabajar más de lo que duermes no es una buena idea. El verano, los días largos y las fiestas invitan a acostarse tarde, pero nada cambia el hecho de que empiezo a currar a las ocho en una oficina a 25 kilómetros de casa. Y sin vacaciones a la vista. Con todo, estoy muy contento.

Además, no todo el mundo puede decir que coge un barco para ir a trabajar. Es un trayecto muy bonito, a través de la ría. Sobre todo ahora, que los días son luminosos y la brisa te acaricia y el mar está en calma. Me resulta rarísimo, pero trato de hacer memoria y no recuerdo haberme subido a un barco nunca antes. Me parece imposible, pero creo que es así. La inestabilidad del barco no me resultó en absoluto molesta, antes al contrario: en algún momento pillamos una buena ola de costado que hizo que el navío se pegara un buen meneo, e incluso llegué a desear que hubiera más. No fue así, no me explico muy bien por qué. Quizá esas olas eran el residuo del paso de un buque mayor, no sé. El caso es que si efectivamente era la primera vez que me subía a un barco, imagino que sería normal sentir una cierta incomodidad. Me pasó con el avión, que encontré mareante y desagradable incluso en un trayecto muy corto. Sin embargo, ningún problema sobre el mar. Me pregunto si será un rasgo atávico, si de alguna manera la aptitud de viajar por mar puede transmitirse genéticamente, si queda grabada en nuestra sangre. Hasta donde yo sé, mis ascendientes residen en Galicia desde hace infinitas generaciones, y aquí siempre se tuvo una estrecha relación con el mar. No sería raro, entonces, que fuera algo como un rasgo racial. Aunque sea poco científico, es una idea interesante que tiene implicaciones igualmente interesantes… pero las dejaremos para otra ocasión.

Aunque ciertamente no estoy de vacaciones, tengo la fortuna de disfrutar de tardes libres. Al menos este mes, y hasta que no encuentre algún sitio donde vivir cerca de la oficina. La verdad es que me apetece más pasar esas tardes libres haciendo cualquier cosa que no sea estar delante del ordenador, asi que me voy a tomar unas pequeñas vacaciones blogueras, si entendéis lo que quiero decir. En cierto modo ya he empezado a hacerlo. En las próximas semanas actualizaré con (mucha) menor frecuencia, eso es todo. Os recomiendo a todos que hagáis lo mismo y tratéis de disfrutar del verano.

jueves, 13 de julio de 2006

40º (por lo menos)

Ya estamos oficialmente en la semana del calor infernal. Ayer fue duro, pero lo de hoy sólo puede calificarse como de tortura obscena. Vale, vale, los que están en Madrid lo estarán pasando peor. Pues qué queréis que os diga, chavales. Allí al menos no tendréis esta humedad pegajosa cual esponja de aire asfixiante. Claro que tampoco tendréis chiringuito al lado de la playa… Sí, quizá en Madrid estén peor…

El calor horrible marcó todo este día, fue lo peor de todo. En la oficina tenemos aire acondicionado, y os aseguro que por la tarde en más de un momento he deseado estar allí, aunque fuera trabajando. Igual es que como soy el nuevo no estoy nada quemado todavía. La cosa va bien, aprendiendo cosillas y tal. La verdad es que mientras estás dentro estás de lujo, pero cuando tuvimos que salir por la amenaza de bomba el aire nos cayó encima con todo su peso de miles de grados.

Un momento! ¿Amenaza de bomba?, os estaréis preguntando. Pues sí. Algún simpático avisó a la guardia civil de que habían puesto una bomba en la sucursal, hablando en nombre de nosequé grupo de liberación. Un simpático, porque en realidad no había nada de nada, claro. Eso sí, se montó una gorda, desalojando todo, se llenó aquello de policías y cortaron el tráfico y acordonaron la calle. Una hora estuvimos esperando a que los especialistas hicieran su trabajo. Un refresco, confirmar que todo estaba en orden, y de vuelta padentro… con gran alivio, claro (bendito aire acondicionado!). Yo casi no me llegué a enterar del tema y me lo tomé de puta madre, me sorprendió un poco lo poco que me importaba. Sólo me fastidió que esto fuera cerca de la hora de cerrar, y claro, luego tuvimos que dejar el trabajo hecho y echamos allí una hora más de lo que deberíamos.

Luego nos fuimos a comer, porque era la despedida de una compañera de trabajo y nos reunimos unos cuantos. El restaurante estaba en el sitio más escondido de la zona, en un pueblucho cuyo nombre no puedo recordar, cerca del puente de Rande. El local se llamaba O Cume da Aguia, o algo así. Imposible no pensar en Canción de Hielo y Fuego al enterarme. Efectivamente, hay que subir lo suyo para llegar hasta allí, y la vista de la ría y de Vigo es la leche. Tanto, que Vigo casi parece una ciudad hermosa. Eso sí, allí hacía un calor de mil demonios. Las gotas de sudor resbalaban por mi cara y la ropa se me pegaba al cuerpo. Asqueroso. La comida era buena.

Lo pasamos mal hacia el final de la comida, y decidimos ir a tomar algo a algún sitio más fresco. Alguien propuso el mirador del Castro, y allí nos fuimos. Error. Allí hacía incluso más calor todavía. El trayecto en coche fue como ir en una sauna móvil, y en el sitio al que fuimos no había aire acondicionado, malditos sean. Hubo momento en que lo pasé fatal. Llegamos a cambiarnos de sitio sólo del puto calor, pero el siguiente al que fuimos no era menos caluroso. Es algo de lo que no puedes escapar, es como la muerte. Todo indica que estaremos así un par de días más y luego las cosas volverán a la normalidad. A mí no me pillan en otra, mañana me voy a la playa.

Saludos a los residentes en Madrid!

jueves, 6 de julio de 2006

Adelante

No esperaba estar escribiendo esto ahora, pero he aquí que mi hermanito me ha prestado un portátil y me estoy aprovechando del wifi gratuito del hotel para rematar esta hora muerta antes de la cena. Como muchos sabréis, esta semana estoy en Coruña, en el curso de formación para mi nuevo trabajo. Está siendo prometedor.

Hay un montón de cosas que me están llamando la atención de todo esto, tantas que creo que me voy a liar si intento contarlas, asi que de momento lo dejaré. En resumen, diré que duermo poco y paso la mayor parte del tiempo en el curso. Dimos unas vueltas por Coruña y tomamos algo, pero no nos corremos grandes juergas porque al día siguiente hay que madrugar. Hoy fue particularmente fastidioso porque me tocó reconocimiento médico y hubo que madrugar más todavía. Sé que es normal, pero no me habían hecho ninguno antes en ningún trabajo. Un detalle más en el que notas que se trata de una empresa grande. Eso no significa que sean mejores que nadie (no en principio), pero es innegable que tienen medios... y no les duele usarlos. Como la semana de hotel pagada, por ejemplo. Con pensión completa y transporte incluídos. El hotel no está nada mal, en primera línea de playa en una zona que me han descrito (acertadamente, diría yo) como la Baiona coruñesa (Santa Cristina, por si os sirve de algo). Teniendo en cuenta que ni siquiera he firmado el contrato todavía, no está mal del todo.

Otro detalle curioso es lo machacón de las consignas, que muchos dirían que forman parte de una maniobra de lavado de cerebro. En realidad lo llaman cultura corporativa, que no es más que un nombre más bonito para lo mismo. No me parece mal, y rechazo cualquier consideración negativa sobre este tema. Miguel dirá que es porque el lavado ha funcionado. ¿Qué más da? Es un pequeño precio.

La otra cosa que me choca son los compañeros del curso. Son gente normal y simpática, pero eso no es lo que me choca, claro. Parte del primer día lo dedicamos a las presentaciones, aunque casi todos nos conocíamos ya del hotel de vernos el día anterior. Después de presentarnos, el... mm.. llamémosle profesor, señaló lo mucho que se parecían nuestras respuestas a su batería de preguntas. Lo atribuyó a la excelencia del sistema de selección, puesto que todos presentábamos un cierto perfil y teníamos además estupendas capacidades y talentos. A partir de aquí se dejó caer por un breve instante en un discurso autosatisfactorio sobre cómo había que ser la hostia puta para superar las pruebas de selección, que aseguraban que sólo los elegidos para la gloria pudieran sobrevivir a todos los filtros. O como diría el señor Lobo, empezamos a chuparnos las pollas mutuamente.

Y digo que me choca porque tengo la sensación de tener muy pocas cosas en común con cualquiera de las otras 10 personas seleccionadas. Todos ellos me recuerdan a alguien, son algo así como arquetipos de personas, y no coinciden conmigo en apenas nada. Casi es como si los conociera de su encarnación anterior. Y casi no me parezco a ninguno. Sospecho que lo similar de nuestras respuestas se debe a que muchos simplemente dijeron lo que pensaban que el banco quería oír, y no a que los psicólogos que se encargaron de la selección tuvieran un conocimiento secreto para discernir quién era adecuado y quién no. Sin embargo, allí estábamos nosotros once. Y si cada uno de ellos responde a un arquetipo hasta el punto de que se podrían diseñar clases de personaje diferentes basándose en cada uno de ellos, entonces me encuentro con una pregunta la mar de curiosa: ¿A qué arquetipo pertenezco yo?

domingo, 2 de julio de 2006

Pauliño Auster

Acabo de terminar Brooklyn Follies, el segundo libro de Auster que leo en pocas semanas. Realmente me gusta Paul Auster, es un tipo sobrio pero ameno, que propone situaciones con interesantes ideas de fondo. Tiene clase escribiendo y siempre me hace pasar buenos ratos. Me gusta la manera en que es capaz de hilvanar historias dentro de la propia historia, y me interesan esas ideas que a menudo obsesionan a sus personajes, particularmente el papel del azar en la vida de las personas. Sin embargo, he de decir que Brooklyn Follies es la obra menos convincente de las que he leído de este autor (que tampoco fueron tantas, por otro lado, sólo tres). Creo que esta vez le ha faltado elegancia a la hora de resolver el final, y se le ve un poco el plumero al dar soluciones un pelín forzadas a determinadas incógnitas que no desvelaré aquí. En el Debe de Auster, podría anotar, siendo un poco malo, la excesiva homogeneidad de su obra. Cierto que sólo he leído tres de sus libros, pero sus personajes se parecen mucho entre ellos, actúan de manera parecida, se les presentan situaciones parecidas, y en general acaban de manera parecida. Quizá estoy siendo demasiado simplista, pero los tres libros en cuestión (El Palacio de la Luna, La Noche del Oráculo y Brooklyn Follies) tienen un aire muy similar, al que contribuye el hecho de que todos estén situados en el mismo marco, la ciudad de Nueva York. Parece que Auster es de esos tipos que convierte un lugar en uno de sus personajes, y se apoya en él y le encanta volver a él. No me parece mal, y el interés de su obra no está en la ciudad en la que vivan los personajes, por supuesto… pero es un poco cansino. Y se ve que es una constante, porque ha escrito algo que se describe como “la trilogía de Nueva York”, que yo no he leído pero me imagino muy bien de qué va. En fin, menos mal que me gusta.

Algo que me chocaba mucho en las primeras páginas de Brooklyn Follies es que estaba en gallego. No suelo leer muchos libros en gallego. Podría explicar muchos motivos, pero el más importante, creo yo, es puramente práctico: sencillamente, no se editan muchos libros en gallego. O más bien, muchos libros interesantes. Deberían traducirse muchos más, y de otros géneros. Que yo sepa nadie publica c-f en gallego, por decir un género que me interesa especialmente. Si se dedicaran a publicar clásicos, por aquello de no arriesgar, probablemente no les saldría bien, porque si ya tengo un libro en castellano no me lo voy a volver a comprar, por muy amante que sea de mi otra lengua materna. Así que tendrían que arriesgar un poco, y claro, ahí es donde llegan los problemas. Aunque también es verdad que la c-f como producto no debe de dar grandes beneficios ni siquiera en castellano. Pensándolo bien, dada la afición a la lectura del español medio, es sorprendente que el mercado editorial vaya saliendo adelante. Por desgracia, lo hace a costa de modas pasajeras como Códigos DaVincis y Sombras de Vientos. Así estamos.

Pero me voy por las ramas. Decía que me chocaba porque es el primer libro que leo en gallego desde los famosos cambios gramaticales de hace un par de años. Desde mi ignorancia en cuestiones de lingüística, tengo la sensación de que la mayoría de esos cambios son arbitrarios y sólo obedecen a las ansias onanísticas de los responsables. Aparte de esos irritantes “grazas” y demás, tengo que decir que ha sido una lectura muy agradable. Una gran labor de traducción, creo yo: todo nos remite a Galicia, con un sabor auténtico y genuino. Si no te recordaran todo el puto rato que están en Nueva York, podrías pensar que los personajes son de Carballiño. Me resulta curioso pensar que esto puede ser difícil de entender para esa mayoría de españoles que sólo hablan un idioma (bueno, españoles o lo que sean, claro). Sea como sea, creo que es muy cierto eso de que la lengua ejerce una influencia particular sobre la manera de pensar y de ser de las personas. Una lengua vertebra la cultura de un pueblo mucho más profundamente de lo que pueda parecer. Literalmente, cambia a las personas. Tras decir esto, resulta doblemente irónico que yo mismo no practique el gallego en el día a día.

Y en realidad quería hablar de un par de temas más, pero me he liado un poco y mejor lo voy a dejar para otro día. No sé cómo andaré de tiempo esta semana para actualizar, con todo este tema del curso de formación. Quizá tarde un pelín en volver, pero seguro que cuando vuelva tendré cosas que contar. Hasta entonces, disfruten de las vacaciones, los que las tengan, y del verano, todos en general. Hala, hala.