miércoles, 30 de agosto de 2006

El Mapa no es el Territorio


El lenguaje es magia. Hace poco he tenido una agradable conversación con Roberto y Taboada sobre psicolingüística y otros temas esotéricos. El hecho de que existan culturas que hayan desarrollado un idioma sobre bases no aristotélicas es una idea fascinante en la que no se me había ocurrido pensar. Se trata, supongo, de lenguas más exactas, menos ambiguas, más perfectas, si se me permite la expresión. Solo que esa perfección última tiene que ser inalcanzable, a menos que nos concienciemos para dedicar varios minutos a cada frase, y por ahí sí que ya no pasa nadie. Que le den a la perfección (y yo el primero). Después de todo, esta ambigua imperfección tiene algo de encantador, y no me gustaría renunciar a ella.

Pero me estoy desviando. El lenguaje es magia, decía. Es curioso, pero en esencia es así. Uno tiene la idea del mago en su torre estudiando gruesos volúmenes de arcano poder, o quizá escudriñando en su bola de cristal, y desde luego pronunciando palabras mágicas que hacen que ocurran cosas… bueno… mágicas. Es decir, pronuncias las palabras del conjuro y algo ocurre. Es tan terriblemente parecido. Las palabras, mágicas o no, son símbolos que representan algo (una cosa, una idea, un concepto, lo que sea), y están hasta tal punto ancladas en nosotros que a veces uno casi confunde la palabra con lo que ésta designa. Ahora mismo, podéis ver la palabra “SILLA”, los símbolos que la forman, e inmediatamente vuestro cerebro invoca el concepto mismo de ese objeto que utilizamos para sentarnos, es más, pronunciáis la palabra en vuestra mente, incluso en silencio (aunque de hecho no es necesario). Y eso tan solo con pasar los ojos sobre unos símbolos que, en sí mismos, no deberían significar nada… pero ya ni siquiera tenemos que leer, basta con ver una palabra y el cerebro visualiza automáticamente aquello que simboliza, todos los posibles significados. Si eso no es magia, entonces nada lo es.

Por supuesto, no faltan tipos que a lo largo de la historia han intentado sacar provecho de las imperfecciones del lenguaje y de su naturaleza “mágica”. Cada vez que le dices algo a alguien, estás lanzando un hechizo. Lo que dices no es sólo lo que el otro interpreta en base al contexto y la situación: las palabras ejercen su influjo en el subconsciente. Parece una chorrada, pero lo cierto es que los nombres tienen poder, y cualquiera que se dedique al naming puede asegurarlo. Daño colateral, impuesto de sucesión, reestructuración del personal, orientación a objetivos. Sabemos lo que hay realmente detrás de cada una de esas expresiones, digamos que son conjuros fáciles. Pero, teóricamente, alguien capaz de manejar el lenguaje lo suficientemente bien podría casi controlar los pensamientos de otras personas. Inquietante. Mágico.

martes, 29 de agosto de 2006

I'm Back

Trabajar cuando casi todo el mundo está de vacaciones te da una perspectiva interesante de las cosas. Supongo que a cualquiera le pasa antes o después, pero a mí me llama la atención porque es la primera vez en mi vida que me toca trabajar en verano. La última vez que tuve vacaciones fue en diciembre, dos semanitas navideñas en las que no hice nada de particular. Típico de la navidad, con tanta tradición y tanta reunión familiar y tanto lo mismo de siempre. Asi que van ya ocho meses de curre continuado (once si no contamos esas dos semanas de diciembre), y cualquiera diría que me vendrían bien unas vacaciones… pues no sé. En lo que va de año he cambiado de empresa tres veces, asi que no me ha dado tiempo a estar harto de nada, cada poco hay novedades y la mente se renueva con los cambios. Tengo un horario que cualquiera consideraría lujoso (que dure, que dure) y debo de pertenecer a ese escaso grupo de gente que se considera satisfecha con su salario (de momento, al menos). Mis compañeros de trabajo son gente estupenda y de la que se puede aprender, la oficina no está (muy) lejos de casa y no tengo que hacer grandes sacrificios personales ni dejar de hacer mi vida social normal. Esta “vida social normal”, aunque a veces es excesivamente normal para mi gusto, está salpicada de momentos mágicos e irrepetibles de diversión, y mis amigos son, en su mayoría, gente extraordinaria en muchos aspectos. ¿Qué más se puede desear?

Pues así a bote pronto, se me ocurre una cosita: leer más cosas buenas. Tengo la sensación de que mi lista de candidatos para el premio de 2006 tiene un nivel bastante bajo en general. A principios de año es más fácil entrar en las nominaciones, y de haberlos leído ahora quizá los libros de Vlad Taltos no se clasificarían… o quizá sí. Pero la cuestión es que después de este descanso bloguero, vuelvo por aquí, releo la lista, y me parece que casi ninguno de esos libros ha dejado huella realmente. Y eso que es lo mejor, porque evidentemente en lo que va de 2006 he leído un montón de cosas que no me parecieron dignas de nominar. Voy a comentar un par de ellas.

Recientemente me han prestado la etapa Morrison de Doom Patrol, que tiene fama de ser la leche y tal. Grant Morrison es un autor que me gusta mucho, sus Invisibles merecen la pena (aunque en algún momento se hace demasiado cargante y confuso), y su trabajo en Animal Man fue terriblemente impactante. Bueno, pues Doom Patrol es una gran decepción. Una serie absurda, tonta, donde nada tiene sentido… y se supone que eso es una de sus virtudes. Los personajes son directamente ridículos, aunque no creo que Morrison tenga la culpa de esto (¿un tipo llamado Robot-Man? venga ya). La historia del cuadro que se come París se salva un poco de la quema, pero en general es bastante aburrido y cargante con sus páginas llenas de sinsentidos que amenazan la existencia del universo (sí, en casi cada número hay una amenaza cósmica que al final se resuelve de cualquier manera) y acontecimientos extraños que no tienen más explicación que su propia existencia. Vale, se trata de unos tíos que investigan cosas raras, pero sería de agradecer un poco de coherencia, esfuerzo y honestidad en los argumentos. En general, la tónica es la siguiente:

1- Pasan cosas extrañas
2- La Doom Patrol va a investigar
3- Se descubre (de repente, sin investigación ni leches, simplemente va alguien y lo exclama) que esas cosas extrañas están a punto de destruir la existencia misma
4- Como son cosas realmente muy extrañas, pues la solución es hacer otras cosas muy extrañas, que no tienen ninguna relación entre sí, y asunto resuelto.

Asi que al final el único valor de la serie es ser una especie de museo de idas de olla, sin más (y no digo que algunas no sean interesantes). Personalmente, tengo la sensación de que Morrison ha utilizado su etapa en la DP para practicar algunos recursos que posteriormente utilizaría con mucho más acierto en los Invisibles. En definitiva, ha sido decepcionante, viniendo de Morrison. Se ve que no se puede ser excelente todo el tiempo.

La otra cosa que quería comentar sería también una decepción de no ser porque desde el primer momento estuve convencido de que sería una mediocridad intrascendente. A veces me leo libros chorras, que cualquier tribunal condenaría al olvido o a la hoguera. Es como quien va al cine a ver una peli que sabe seguro que es mala, pero va de todos modos. Casi nunca lo hago con las películas, pero lo hago de vez en cuando con los libros. En esta ocasión se trataba de Vampiros, de John Steakley. Es el libro en el que Carpenter se basó para realizar la película del mismo nombre (y que no he visto, por cierto). Me esperaba algo facilón y cinematográfico, que es como se suelen plantear las novelas hoy en día, pero no estaba preparado para la tremenda bazofia que resultó ser este Vampiros. Es un libro tan jodidamente malo que resulta fascinante. Prácticamente es un cero en cualquier baremo imaginable, y está repletito de estupendos ejemplos de lo que debe evitar un escritor. Me lo leí hasta el final por puro morbo, lidiando con una incómoda y genuina sensación de vergüenza ajena (en mi defensa he de decir que es bastante corto). No entiendo cómo alguien ha podido dar el visto bueno a su publicación. Pero se publicó, y luego llegó un tipo e hizo una peli. Se suele decir que el libro siempre es mejor que la película, pero en este caso estoy dispuesto a creerme lo contrario. Casi os pediría que lo leyerais para poder contrastar opiniones, pero mi sentido de la moralidad me impide recomendar lectura tal.

Y ya está bien por hoy, no os vayáis a atragantar después de la escasez de las últimas semanas.

domingo, 6 de agosto de 2006

Apocalipsis


Llueve ceniza. El cielo está cubierto por una gran nube de humo que convierte la luz en algo ominoso y macabro. El sol sangra calor y el aire quema. Intentas respirar y el humo invade tus pulmones. El ambiente es pesado y sucio, el humo lo cubre todo. Así debe de ser el infierno, al menos en su versión más clásica. Pero por desgracia no se trata de ninguna ficción, de ninguna imagen oscura para asustar a los niños: está ocurriendo. El fuego se inició el viernes y desde entonces no ha parado de llover ceniza. No estamos tan cerca, pero los efectos se están notando terriblemente aquí. Es muy desagradable. Creo que han cortado la autopista. Ya han muerto dos personas. El incendio lleva tres días devorándolo todo, y por supuesto todos sabemos que ha sido provocado. Mañana, cuando vaya al trabajo, pasaré por allí cerca. Probablemente pueda ver por mí mismo alguna superficie negra y gris que haya sido arrasada, quizá incluso pueda ver algún pequeño foco todavía activo. Los que lo provocaron quizá estarán cerca, fingiendo indignación. Lo más seguro es que nunca pueda probarse nada.

Esto ocurre todos los años. La única diferencia, para mí, es que esta vez me ha tocado más cerca.