domingo, 2 de septiembre de 2007

Yo Soy el Fin de la Humanidad


Siempre me han hecho gracia esos villanos locos cuya ambición máxima es Destruir el Mundo. Para qué cojones vas a destruir el mundo, me preguntaba yo siempre. ¡Que luego no tienes dónde vivir tú! Y lo peor no es eso: lo peor es que no va a quedar nadie ante quien presumir.

Pero pensándolo bien, acabar con la humanidad es una meta interesante. Extinguir hasta el último reducto de civilización, aniquilar la inteligencia humana, convertir el planeta en una gran bola de escombros en ruinas… tiene cierto encanto romántico. Es definitivo. De alguna manera puede decirse que sería la obra de arte suprema. Una manera de expresión contundente, grandilocuente, atemporal, eterna. Es una tarea tan grande y que promete tanta satisfacción en ese momento de catarsis total que sería apretar el “botón rojo”, que casi dan ganas de ponerse a ello.

Por desgracia, el típico científico loco de ficción que quiere destruir el mundo no tiene motivaciones tan elevadas. Suelen ser tíos desquiciados, perturbados con la mente nublada, movidos a menudo por el rencor y el resentimiento, con un fuerte complejo de inferioridad. Tipejos patéticos. A la hora de la verdad, creo que todos conocemos a muchos pobres desgraciados que en un momento de autocompasión egocéntrica activarían el Dispositivo del Juicio Final para que el mundo compartiera su desesperación, para que tuvieran que lamentar los desaires que le hicieron. Supongo que por eso hay siempre una cuenta atrás, son necesarios al menos unos instantes para recriminar, para gritar “jodeos ahí!”, para deleitarse en los gritos, en el horror de los demás.

Un villano así carece de dignidad y para mí no tiene demasiado interés. Además, siempre suele acabar en ridículo. No puede haber nada más humillante que dedicar toda tu energía a vengarte de la humanidad y no conseguirlo. Porque después de que el Bruce Willis de turno desbarate tus planes, te tumbe a hostias y se de un morreo con la cachonda que te escupió a la cara cuando le ofreciste reinar en la Nada a tu lado mientras aún estás lloriqueando en el suelo de la sala de controles, probablemente traicionado por algún lugarteniente o tras haber caído en alguna de tus propias trampas, entonces es cuando viene lo peor. Porque tocará leer en los periódicos toda clase de perfiles psicológicos diciendo que en realidad eres emocionalmente inestable, o que tus padres te pegaban, o que tienes un trauma porque cuando eras pequeño te violó un rottweiler. Saldrán antiguos compañeros de clase diciendo que ya entonces eras un poco rarito, contando anécdotas de cuando te encerraban en las taquillas y suplicabas que te dejaran salir, y probablemente muchas otras, la mayor parte de las cuales serán inventadas pero todo el mundo se creerá. Y todo lo magnífico, lo desafiante de asumir una tarea titánica de proporciones cósmicas quedará reducido a nada, a menos de nada, a un imitador yendo al Diario de Patricia a contar que él también va a destruir el mundo si no vuelven a editar la trilogía de la guerra de las galaxias con el montaje en el que Han Solo dispara primero. Lamentable.

En cambio, un tipo que se plantee destruir el mundo simplemente por comprobar si es capaz de hacerlo, que quiera hacer algo que realmente deje huella a nivel cósmico, ese es un villano de quien me gustaría saber más cosas. Que yo sepa no hay ninguno así, es una lástima.