domingo, 8 de agosto de 2010

Un Principio

Entró como un vendaval, como una personificación de la tormenta que azotaba los árboles fuera, con un vigor tal que se doblaban hasta hacer dudar de si seguirían en pie al día siguiente. La puerta golpeó la pared con fuerza haciendo crujir los goznes, quién sabe si por el viento o por la mera presencia del hombre que, empapado y con el cabello alborotado, se plantó ante mí jadeando. Calzaba botas altas, embadurnadas por el lodo del camino, y llevaba un abrigo largo muy usado de un color que hacía años que se había vuelto indistinguible. Se quedó allí parado un instante para recuperar el aliento, aunque sospecho que también, en parte, disfrutaba con la idea de hacer una entrada teatral: la fuerza de la Naturaleza desatada tras él, los relámpagos recortando su silueta contra la puerta, el estruendo del trueno anunciando su llegada. Pero en sus ojos estaba la mirada de alguien que conocía secretos largo tiempo guardados, y su voz tenía el aplomo de quien revela verdades incuestionables.
- Está hecho – dijo – por fin lo he logrado.
Así fue como ocurrió. Así fue el principio de todo. Era una noche de tormenta en otoño de 1883, y Samuel Beckett irrumpió en mi casa para informarme de que había vencido a la Muerte.