domingo, 28 de diciembre de 2008

Madurez Videojueguil

Últimamente estoy jugando bastante a videojuegos. Siempre fue un pasatiempo que me gustó especialmente; haciendo memoria hace poco me he dado cuenta de que llevo unos veinte años jugando a videojuegos en toda clase de plataformas, muchas de las cuales son ya cosa del pasado. Esto me ha dado una cierta perspectiva sobre el mundillo y me ha permitido forjar un criterio sólido sobre lo que es bueno y lo que no. Es sólo mi opinión, claro, pero ¿es que acaso importa la de algún otro?

Siempre suelo comparar el videojuego con el cine, porque ambas son formas de entretenimiento bastante similares en términos artísticos y comerciales (sí, estoy convencido de que los dos pueden ser formas de Arte, y por desgracia creo que los dos están cada vez más lastrados por consideraciones comerciales). Quizá la diferencia más notable entre estos medios es que el factor tecnológico es mucho más importante en el videojuego, hasta el punto de que a veces oscurece todo lo demás. Al contrario de lo que ocurre con el cine, en el 95% de los casos un nuevo aficionado no puede disfrutar de las Obras Maestras de la década pasada. Incluso aunque tuviera la determinación de probar un juego absolutamente obsoleto técnicamente, está el problema de que probablemente no va a tener medios para ello: a menos que haya a mano una consola u ordenador viejos más vale olvidarse. No hay emuladores para todo e incluso cuando los hay, muchas veces su funcionamiento deja mucho que desear.

Pese a lo joven que es el videojuego (prácticamente podemos decir que empezó en los ochenta; lo de antes lo llamaría más bien “precursores”) ha dado unas cuantas obras memorables que, sin embargo, sólo se recuerdan en conversaciones de frikis, en el mejor de los casos. Lo mejor de esas grandes obras a menudo sobrevive en otros juegos posteriores, que van fusilando los conceptos exitosos. Muchas veces incluso los perfeccionan, y a veces hasta uno de esos descendientes bastardos se revela como mejor que el original. Nadie está en contra del progreso, salvo los típicos desgraciados que siguen jugando con su NES y que suelen ser los mismos que te dicen que el vinilo es mejor que el cd.

Pero en general se trata de un medio que vive de espaldas al pasado, que tienda a caer en el vicio de encumbrar los juegos que exhiben las explosiones más grandes y más bonitas. Exactamente como el cine, o al menos como la faceta comercial del cine, esa que se centra en vender entradas, y palomitas, y muñequitos de los protagonistas. La ventaja del cine es que es un medio respetado y que tiene otra faceta, la de la gente que hace películas con honestidad, con el deseo de hacer algo que merezca la pena, y sobre todo, que hay gente y medios que los aprecian y están dedicados a ponerlos en su lugar, y eso es lo que echo de menos en el videojuego. Al menos en este país, por ejemplo, no existe ninguna publicación seria especializada en videojuegos. Absolutamente ninguna. La decana española, Micromanía, es un panfleto publicitario vacuo dirigido a niños de 12 años, y con un criterio adecuado a su audiencia. En Internet, Meristation no es mejor, y en función de quién sea el tipo que escribe tal o cual artículo, es de hecho bastante peor. Y es sonrojante ver que una publicación supuestamente especializada se limita a repetir lo que pone en la nota de prensa de la compañía que saca un juego. Eso hacen, porque de otro modo no se entiende que se pueda decir que un juego va a tener “una IA revolucionaria” o que va a permitir “una libertad nunca vista para el jugador” (etiquetas que se ven muy frecuentemente) cuando en realidad estamos hablando de un juego más, igual en casi todo a todos los demás de su género, y que está muy lejos de aportar nada nuevo al mismo.

E igual que yo puedo darme cuenta de esto, puede también cualquier aficionado de mi edad que no haya estado desconectado del mundo los últimos quince años y mantenga un mínimo de criterio propio. Nuestras exigencias y expectativas han cambiado, han ido madurando con nosotros, pero la industria (y especialmente los medios) no se han dado cuenta todavía.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Vida Nueva

Aún no es año nuevo, pero no me gusta que nimiedades ajenas a mi voluntad condicionen mis actos. No hay que ser esclavo del calendario, ni de nadie. Demasiadas veces lo que hacemos está influído por el día que es, el lugar en que estamos, la gente que nos acompaña o lo que se espera de nosotros. Demasiadas veces olvidamos preguntarnos por qué. ¿Por qué?

La gente puede cambiar. Puede hacerlo en cualquier momento, sin depender de nada ni de nadie, con sólo proponérselo, sea 1 de enero o 26 de diciembre. Reivindico el derecho a hacerlo, a decir "se acabó", a decir "esto empieza ahora", a decir Año Nuevo, Vida Nueva.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Pureza Extrema, Puzzle Secreto


Que Ikaruga es uno de los tres o cuatro mejores videojuegos jamás creados es algo que he repetido muchas veces desde que lo descubrí hace cosa de unos cuatro años. Cuando mi dreamcast pasó a mejor vida tuve que resignarme a dejar de jugar, justo cuando empezaba a conseguir puntuaciones decentes (mi record personal está en 9399240 puntos, aunque ahora he perdido mucha práctica). Por fortuna, el bazar de X-Box Live me ha vuelto a dar la oportunidad de disfrutar de esta obra maestra, con el añadido especial de que además viene con una tabla de records online global. Asi que vuelvo a estar poseído por la fiebre de las chains, y lleno de entusiasmo para decir cuatro verdades sobre el juego y explicar cómo empezó mi devoción por él.


Cuando uno piensa en valorar cualquier aspecto de Ikaruga, es imposible no ir al extremo de cualquier baremo imaginable. Ponerle menos de un 10 no sería honesto ni consecuente. Porque Ikaruga es, sobre todo, una experiencia de juego extrema, que corta la respiración y descarga adrenalina, y esta es una sensación que lo toca todo y que llega hasta cada pequeño detalle. Aún así, para un observador casual no es muy distinto a cualquier matamarcianos 2d de scroll vertical de los que tanto abundaban hasta el siglo pasado, y en mis primeras partidas ni siquiera le noté nada impresionante.


Cuando tenía la dreamcast, un amiguete mío (al que por cierto hace aaaños que no veo, ahora que lo pienso) me pasó toda una tarrina de juegos bajados de Internet ultra raros. La mayoría directamente eran borralla, alguno estaba bien, unos cuantos estaban en japonés y ni siquiera pude llegar a imaginar cómo se jugaba (recuerdo uno de terror rarísimo), y entre todos ellos estaba el Ikaruga, que no conocía de nada y la única referencia que tuve me la dio ese chaval, Rubén, al decirme “este es bueno, pero es muy difícil”. Tenía mucha razón.



Una tarde me puse a probarlos todos. Recuerdo que mi primera impresión de Ikaruga no fue demasiado buena. Primero, por lo pequeña que quedaba la pantalla con unas barras negras enormes a los lados. Los televisores de hoy en día no están pensados para el scroll vertical, es un hecho. Segundo, porque me costó comprender el sistema de juego. No entendía para qué servía el cambio de polaridad, sin lo cual no puedes realmente comprender el juego. Esto provocaba que de vez en cuando muriera sin saber por qué. También me confundía el hecho de que a veces, cuando mataba a un enemigo, soltaba cosas, pequeños puntitos brillantes, que naturalmente mi instinto me hacía recoger (en los videojuegos de las primeras cosas que se aprende es que es bueno recoger los despojos que dejen tus enemigos muertos, una interesante lección moral para la vida) y que aunque aparentemente recogerlos sí era bueno para mí, a veces también moría. Todo esto viene de no entender el sistema de polaridades, por supuesto. Quizá esa es la primera cosa que sorprende: para jugar a un shooter, nunca antes se necesitó saber nada más que cuál era el botón de disparo.


Aunque me pareció confuso y raro, también recuerdo que me pareció bonito. Visualmente es un juego muy colorista, con diseños hermosos de una sencillez muy elegante. No es espectacular en el sentido de que sea un prodigio técnico, ni es barroco ni “se gusta”; por momentos incluso se podría decir que es minimalista. Es una belleza modesta de la que no te das cuenta hasta que te paras a prestar atención. En general la sensación de buen gusto está patente desde la misma pantalla del título, y para mí fue un placer comprobar que aún había gente trabajando en 2d con todos los recursos de la tecnología actual. Que por cierto es una sensación que sigue perfectamente vigente varios años después. Un poco por todo esto, Ikaruga fue uno de los muy pocos juegos que probé aquella tarde a los que les dí una segunda oportunidad. Una vez comprendido el sistema de polaridades (que en realidad es extrañamente simple y está perfectamente explicado en el tutorial) el juego cobró una dimensión nueva, porque la verdad es que es una idea original nunca vista hasta aquel momento y que da unas posibilidades de juego francamente interesantes. A partir de ahí empecé a disfrutar realmente, pero lo que yo no sabía es que aún faltaba lo mejor.


Hay un punto en que las grandes obras dejan de ser lo que son para convertirse en otra cosa. Lo que hace grande a Ikaruga es que puedes pensar que es un simple matamarcianos de toda la vida, y a ese nivel seguiría siendo una obra remarcable, pero hay un momento en que si quieres, también es otra cosa: algo mucho más profundo y complejo. Ikaruga es en realidad un puzzle secreto. Es fácil pasarlo por alto porque lo han ocultado de la más astuta de las maneras: dejándolo a la vista. Como cualquier puzzle, resolverlo requiere paciencia y reflexión. Y además, en este caso también va a exigir precisión milimétrica, nervios de acero y los reflejos de un rayo, tanto en los dedos como en la mente. La dificultad es tan extrema que exige una concentración absoluta que no deja lugar a nada más y suprime el yo. Cuando empiezas a jugar a eso que hay por detrás, ya no se trata de un matamarcianos, ni de completar el nivel ni de acabar el juego. Se trata más bien de comprobar hasta dónde eres capaz de llegar; ya no eres tú quien juega al juego sino el juego el que te juega a ti. Llegados a ese punto, Ikaruga se convierte en una experiencia catártica que desconecta tu mente de la realidad física, en un mantra que te guía por la senda de la perfección interior. En Ikaruga, como en la vida, hay muchas maneras de hacer las mismas cosas, hacer algo no es igual que hacerlo bien, el camino correcto es el más duro de seguir (a menudo es difícil incluso discernirlo) y el éxito no se consigue sin gran esfuerzo e incansables intentos. Ikaruga es una lección de humildad, pero también te anima mejorar, porque sabes que puedes hacerlo; es algo que te inspira a ser mejor… y no solo mejor jugador, sino también mejor persona.


En un momento en que el mundo del videojuego (me resisto a llamarlo industria) se va pareciendo cada vez más, por desgracia, al del cine, con superproducciones carísimas de efectos especiales abrumadores y contenido vacío, Ikaruga destaca tanto por lo que es como por lo que no es. Era así cuando se creó en 2001, y sigue siendo así hoy igual que el primer día. Dentro de 100 años se hablará de los videojuegos de esta era y se hablará de Ikaruga.

viernes, 6 de junio de 2008

El Otro 4º Libro


Lo de Festín de Cuervos no es nada en comparación. Más de veinte años después de su publicación original, y más de quince años después de la aparición en España de la tercera entrega, por fin aparece en castellano el Volumen 4 de la recopilación de Cuentos Completos de Philip K Dick, que reúne la totalidad de su obra corta en 5 tomos. Esperemos que no haya que esperar tanto para ver el 5º.

Naturalmente hace poco que lo he empezado y solo llevo un par de relatos, pero la sensación de leer por primera vez un nuevo cuento de PKD es increíble y deliciosa. Este 4º tomo reúne historias escritas (y publicadas) entre 1954 y 1964, una década en la que según muchos se sitúa la cima creativa del autor. A mí me gustan mucho las obras anteriores y siento una particular fascinación por su última etapa (1977-1982 o así), pero he de reconocer que algunas de las novelas más memorables pertenecen a este periodo, más o menos (Ubik es del 66, me parece, pero por ahí anda).

Abrir el libro fue como abrir el cofre de algún tesoro perdido desde la antigüedad. Veinte años es mucho tiempo, y aunque alguno de estos relatos lo he leído ya (en Francia había más cosas publicadas y cuando estuve allí aproveché para hacerme con ellas), el primer relato, Autofab, me transportó de lleno a mis 16 o 17 años. La sensación fue exactamente igual, pero no tiene nada que ver con la nostalgia: las visiones de Dick siguen igual de vivas, igual de inquietantes y magnéticas.

Ahora que estoy de vacaciones, por fin, aprovecharé este fin de semana para relajarme y descansar degustando este exquisito plato de c-f. Y la semana que viene, Dios dirá.

viernes, 11 de abril de 2008

Y Seguiré... supongo

Desde que empecé a trabajar en el banco, esto está un poco abandonado. Ya no hago uno o dos posts por semana como en los “buenos tiempos”, ahora con suerte puedo hacer uno cada mes. Es como hacer una red muy grande, hay muchos momentos que se escapan entre los agujeros, se quedan dentro menos cosas. Pero la red sigue ahí, supongo. Si tuviera que cazar mi comida con ella me moriría de hambre. Por fortuna mi comida la compro hecha (metafóricamente), pero la parte de mí que se alimenta de diversión, esa parte que en ocasiones me da por pensar que es la única que importa realmente, está un poco hambrienta de esto.

Pensándolo bien, nunca he pasado demasiado tiempo de mi vida sin escribir algo por puro ocio de vez en cuando. En el colegio había que escribir redacciones cada cierto tiempo, y a mí me divertía bastante hacerlo, porque escribía cosas divertidas. Intentaba hacer algún tipo de artículo humorístico y con frecuencia me basaba en cosas que ocurrían en clase y luego iba añadiendo inventos. Recuerdo que muchas veces los profesores comentaban que les gustaba mucho. Ahora me doy cuenta de que debía ser verdad, porque incluso aunque no lo hiciera muy bien, mis redacciones tenían que ser un oasis entre la ponzoña de la mayoría de los niñatos de 7º de EGB. Me choca un poco pensar en esto ahora, porque en aquel entonces no me daba cuenta de nada de esto. Si llegara a pensarlo, me hubiera sentido pretencioso.

En el instituto ya no fue solamente el rollo redacción (de hecho dejó de haber redacciones, cosa que creo que es bastante mala en términos educativos porque la gente sigue sin saber escribir; más bien pasó a haber comentarios de texto, que también son muy necesarios porque la gente sigue sin saber leer), ya como lector habitual de libros de esos gordos y sin dibujos, parecía normal que me gustara intentar escribir cuentos. Escribí muchos, y afortunadamente para mí no conservo ninguno. Un poco más tarde en esos años tuve un profesor que le daba una enorme importancia a la expresión escrita (yo no lo sabía entonces pero él mismo era escritor) y me lo pasé de maravilla con él escribiendo un montón en clase y sacando buenas notas por hacer algo que me divertía. De hecho, en clases de otros profesores, cuando eran un tostón (y había algunos que siempre lo eran) desconectaba totalmente del tema y me ponía a escribir algo. Creo que muchos sabían perfectamente que no les estaba haciendo ni puto caso, pero como no molestaba tampoco me dijeron nada. Recuerdo que las matemáticas no se me daban bien al principio y estuve yendo a clases particulares. Como consecuencia, llegó un momento en que las tenía perfectamente dominadas (lo que me hace pensar que no me las habían explicado muy bien en un principio), hasta el punto de que lo que el profesor explicaba en clase yo ya me lo sabía porque iba un poco adelantado. En COU yo estaba sentado en la puta primera fila, justo enfrente de la pizarra, por donde el tío se paseaba continuamente explicando cosas. Como era el típico que no preguntaba a la gente, a partir de cierto momento empecé a pasar de él totalmente. Juro que muchas veces lo sorprendí mirándome con cara de “qué carallo está haciendo este?”, porque era evidente que no estaba siguiendo la clase; creo que alguna vez me puse a hacer trabajos de otras asignaturas. Con todo el morro, en su puta cara. Pero nunca me dijo nada, ni pío. Ahora pienso que muchos de mis profesores debían de tener ideas muy raras sobre mí.

En la universidad al principio fue un poco lo mismo. Estaba en clase, y en las que eran un poco aburridas me ponía a escribir. De esta época si que conservo algunos cuentos. Dejé de hacerlo porque poco tiempo después, encontré mucho más fascinante la posibilidad de directamente no asistir a las clases que eran un poco aburridas. Al cabo de un tiempo encontré que casi no había ninguna clase que no lo fuera. La vida universitaria es distinta; es un cambio que exige reajustes después del instituto. En un momento dado me encontré con que mis resultados habían bajado mucho, más o menos al mismo tiempo me di cuenta de que llevaba como un mes sin ir a clase. Cualquiera diría que fue irresponsable, pero creo que es una manera natural de adaptarse, parte del aprendizaje de la vida. En fin, hubo un tiempo turbulento con estancia en el extranjero incluída, y antes de acabar la carrera empecé este blog.

Asi que, con mayor o menor frecuencia, toda mi vida he estado escribiendo por diversión de vez en cuando…. Asi que me imagino que seguiré haciéndolo. Aunque sea así.

jueves, 13 de marzo de 2008

Se supone que es automático, pero en realidad hay que apretar un botón

Todo es ponerse, chavales. Parece que 2008 va a ser un año bastante más prolífico en cosillas interesantes de leer: después de las estupendas historias del calcio de Enric González, tuve el placer de degustar un buen plato de cf de la mano de John Brunner. Todos Sobre Zanzíbar es una novela caleidoscópica que por momentos se hace bastante extraña, precisamente por esa mezcla radical de ingredientes crudos. Tenemos desarrollos sociales interesantes, sobre todo, pero también cyberpunk creíble, lavados de cerebro, acción de espías, política empresarial, inteligencias artificiales, ingeniería genética…. Pero el toque maestro de TSZ viene en los pequeños capítulos de Contexto, donde simplemente se cuentan cosas. Cosas que nada tienen que ver con la historia principal, simplemente contextualizan la acción. Todos diferentes, algunos cortos, algunos largos, muchos directamente desquiciantes. Lo más admirable es la manera en que efectivamente consiguen su propósito; la inmersión en el mundo es total, la amplitud y profundidad, vertiginosa. Probablemente lo que más me llama la atención de TSZ sea lo eficaz que es la estructura errática del libro.

No obstante, también tengo un par de peros que ponerle. Lo primero, y menos importante, es que la edición que tengo, una bastante reciente de La Factoría, está trufada de erratas, faltas de ortografía y fallos de puntuación. Igual soy un tiquismiquis, pero esas cosas me irritan. Lo segundo, que ya tengo que admitir que es un error de bulto, es el final. Uno de los grandes misterios durante todo el libro se resuelve finalmente de una manera un tanto chapucera y facilona que a mí me decepcionó bastante. Caso típico de situación que te tiene en ascuas durante 400 páginas y al final te la ventilan en un pis pás con una explicación de lo más peregrina. Claro que no se me ocurre cómo se podría haber hecho mejor… es lo malo de plantear situaciones aparentemente imposibles: quizá resulte que lo son. En cualquier caso, una valoración muy positiva para Todos Sobre Zanzíbar, un buen ejemplo de buena ciencia ficción, que además nos deja personajes memorables como Shalmaneser y Chad Mulligan.

Además, tengo en perspectiva nuevos añadidos a la lista de candidatos que iré comentando aquí según vaya terminando de leer. Algo que me apetece comentar ahora, aunque aún no he terminado de leer y probablemente tampoco lo vaya a incluir entre los nominados, es que estoy leyendo La Sombra del Hegemón, de Orson Scott Card. Card se ganó un puesto en el Olimpo de mis escritores favoritos con la saga de Ender, particularmente con la extraordinaria La Voz de los Muertos, y también con pequeñas joyitas como Maestro Cantor. Por desgracia, ahora me veo obligado a hablar de la decadencia total de un autor al que, aunque de vez en cuando todavía se le ven pinceladas del genio pletórico que demostró en las obras que mencioné, ha caído en una extraña autocomplacencia que le hace girar una y otra vez sobre los mismos temas, los mismos planteamientos, los mismos tonos, cada vez con menos frescura, menos originalidad, y una más que notoria militancia religiosa que nunca antes se le había notado tanto. Últimamente siempre tiene a mano personajes creyentes, monjas, sacerdotes, fanáticos religiosos, cualquier cosa con tal de predicar las excelencias de la Palabra de Dios. Posiblemente al ser mormón tenga que cumplir con una cuota de monsergas de beata en su trabajo. No sé qué le pasa, pero por momentos da vergüenza ajena. Además, cada vez estoy más convencido de que es un tipo con ideas peligrosas. O quizá es sólo que es mormón. El libro es entretenido, porque Card siempre supo entretener, peroooo…. Quien lo ha visto y quien lo ve.

sábado, 2 de febrero de 2008

Nuevo Candidato


No estoy muy seguro, pero el periodista Enric González, corresponsal de El País, parece haberse ganado el honor de ser el primer español nominado al premio anual de Lo Mejor que he Leído. Lo consigue además después de un 2007 en el que, habiendo tenido buenas novelas entre manos, no he llegado a disfrutar verdaderamente con la lectura, hasta el punto de haber tomado la salomónica decisión de dejar el premio 07 desierto.

Podría uno pensar que esto me ha hecho bajar un poco el listón. De ninguna manera. Antes al contrario: cuando uno se instala en la indiferencia, necesita una buena sacudida para volver a motivarse. En “Historias del Calcio (una crónica de Italia a través del fútbol)”, una recopilación de artículos publicados entre 2003 y 2007, Enric González nos sacude de lo lindo.

Algún artículo de estos había catado yo en la biblioteca en los años finales de la universidad, cuando descansaba de la preparación de algún examen, y ya entonces me parecieron de sumo interés. Lo importante es que no es solamente el interés propio de quien, gustándole el fútbol o siguiendo una competición, se lee la sección de deportes de un diario cualquiera: la prosa elegante y la mirada clara del señor González consiguen que cada artículo sea una delicia disfrutable incluso por gente no directamente interesada en el fútbol, que en alguna ocasión no es sino una excusa para describir algún rasgo inherente del espíritu de Italia.

Desde luego, reconozco que para apreciar el libro en todas sus dimensiones hay que tener un mínimo interés por el fútbol; concretamente el italiano, tan frecuentemente vilipendiado por estos lares. Es curioso, pero el autor no trata de defenderlo en ningún momento, sino que prácticamente reafirma todos nuestros prejuicios… y sin embargo, desgrana y explica la situación con un fino e irónico sentido del humor que, aparte de hacerme reír a carcajadas en más de una ocasión (cosa nada fácil, os lo aseguro), ha conseguido de alguna manera hacerme sentir un genuino cariño hacia el fútbol italiano, pese a lo aburrido, defensivo y sucio que pueda llegar a ser. Quizá sea parte de su encanto.

lunes, 28 de enero de 2008

Grandes Bodrios del Cine III: Pelis "basadas en"

El comentario de Darth Seid en la entrada anterior me ha hecho darle vueltas a algo que llevo pensando bastante tiempo sin darme cuenta, creyendo (erróneamente, me imagino) que todo el mundo tendría la misma opinión. Iba a responder con otro comentario, pero mientras lo hacía me di cuenta de que el tema da de sí lo suficiente como para merecerse un post en exclusiva.

Toda mi vida he tenido la opinión de que las películas que se basan (o adaptan, tomemos por el momento ambas expresiones como sinónimas) en libros son siempre peores que las obras originales, con alguna excepción. Evidentemente, el medio audiovisual difícilmente puede contener toda la información y matices de cualquier obra escrita, son cosas diferentes y parece claro que tienen que funcionar de manera diferente. Quizá solo pienso que son peores las películas porque simplemente prefiero el otro lenguaje. Yo creo que hay algo más, pero dejémoslo de momento.

Cuando uno toma la decisión de realizar un filme adaptando un libro, inevitablemente ha de considerar el grado de fidelidad que va a mantener. No voy a entrar en consideraciones complejas como preguntarse qué es lo que queremos mostrar de una obra en concreto, qué es lo que nos lleva a convertir la palabra en imagen. Desde el punto de vista artístico debiera ser una de las primeras preguntas, pero dejemos eso.

Simplificando, tenemos dos opciones elementales. Uno puede decidir hacer una adaptación literal, o todo lo literal posible, enfrentándose a esas “diferencias de lenguaje” como buenamente se pueda. El resultado final dependerá de la habilidad del director (o del guionista, o quien sea) para “traducir” el libro y de las características del propio libro, supongo. Se pueden hacer grandes películas simplemente siguiendo al libro página a página. Sin City, por ejemplo, es una gran película de acción y cine negro, tanto como lo es el cómic (aunque siendo también el cómic un medio muy visual posiblemente no sea el mejor de los ejemplos, pero ahora mismo no se me ocurre otro). En cualquier caso, siempre me parecerá una opción legítima y honesta, y en modo alguno puedo estar de acuerdo (ni siquiera respetar) con las críticas negativas como alguna que escuché de la mencionada Sin City, descalificándola porque era tan igual al cómic que “para eso más valía quedarse en casa leyendo en lugar de ir al cine”. Lo que yo creo es que si uno, después de leer Sin City, va a ver Sin City y se siente decepcionado porque es básicamente lo mismo, es que es un poco capullo. Por no mencionar que suele ser el mismo capullo que antes se había quejado de que hubieran sustituido a Glorfindel por Arwen… pero eso es tema a tratar en el siguiente párrafo…

… donde hablamos de la otra opción, que es la más frecuente: ponemos la coletilla “basado en” y a partir de ahí hacemos lo que nos da la gana. Tal y como yo lo veo, en el momento en que decidimos, por el motivo que sea, separarnos de lo que ocurre en la obra original, deberíamos hacernos dos preguntas: 1º ¿Por qué? 2º ¿Esto es mejor o peor que el original? La primera pregunta puede tener muchas respuestas válidas y tampoco quiero meterme mucho: diferencias de lenguaje, ritmo, imposibilidad manifiesta, incluso visión personal o reinterpretación de la obra, todo está bien. Pero la segunda pregunta es mucho más jodida. Se puede responder que es algo diferente, pero a menos que haya una diferencia conceptual sustancial, yo creo que se puede diferenciar fácilmente en mejor o peor. Ejemplos de Buenas Adaptaciones, así a bote pronto:

Drácula, de Coppola. En el filme se añade una dimensión nueva al monstruo, haciendo que la pobre Mina sea en realidad la reencarnación de la prometida del conde; redefine el origen del personaje, propicia escenas más “cinematográficas”, y aporta en general varios niveles en una historia que, originalmente, iba de matar a un bichoño. Qué cojones, es mejor que el libro, porque todo lo bueno del libro sigue estando en la peli (en la medida en que eso es posible en una novela epistolar, claro).

Blade Runner. Misma premisa, distinto enfoque. Donde el libro es mucho más introspectivo, la película se lanza por la senda del impacto visual y, cambiando el final, hace en realidad un gran homenaje a la obra de Dick en el monólogo del replicante, que no está en la novela y que para mí es el momentazo que hace que mejore al libro.

Desafío Total. La reinterpretación llevada al extremo. El cuento original poco tiene que ver, más allá de la premisa básica de la venta de recuerdos y la aventura de un tipo que se descubre que ya tenía recuerdos falsos cuando acude a la tienda. Pero todo lo que hay luego mantiene el espíritu ya no solo del original, sino de la obra del autor original, lo cual es aún más loable. Y lo mejor de todo: que el cuento no es ni la mitad de interesante y divertido que la película.

V de Vendetta. Este es un caso “poco intenso”, porque los cambios son menores pero más abundantes. La protagonista ya no es una prostituta, por mencionar uno de los más polémicos. Vale, ¿y qué? ¿Tenía eso importancia? V no es del todo implacable y al final confiesa estar enamorado. Bueno, ¿y por qué no? Lo que es la esencia del original sigue estando ahí. Creo que es una adaptación excelente y disfruté mucho viéndola.

Ahora bien, hay casos (la mayoría) en los que directamente uno se pregunta “¿¡Por qué!?”. Cambios estúpidos y sin sentido que no nos llevan a ninguna parte. Ejemplos:

Soy Leyenda. Ya lo comenté el otro día. La base misma de la obra se ve traicionada, se convierte aquello que hacía especial la historia original en una peli de zombis cualquiera. Serie B. Y denigrante.

El Señor de los Anillos: Las Dos Torres. Me refiero a esta en concreto por ser la más flagrante, para mí. Aciertan quienes dicen que esta trilogía es mala, pero no por los motivos que creen. Que sea Glorfindel o Arwen quien salva a Frodo de los jinetes negros importa cero, al igual que importa cero que Gandalf y Saruman se peguen garrotazos y lancen rayos mágicos, o que Aragorn caiga aparentemente muerto en una escaramuza para luego aparecer triunfante, incluso que todos los elfos parezcan homosexuales ridículos muy difíciles de tomar en serio. Lo que me parece una mierda es que se desvirtúa la lírica, la seriedad y la coherencia del original sin absolutamente ningún motivo… o peor, por motivos decididamente estúpidos. ¿Por qué Rohan, en vez de decidir épicamente ir a la guerra, acabando en la defensa heroica del Abismo de Helm, decide cobardemente no ir a la guerra, acabando en la defensa miserable del Abismo de Helm? ¿Qué aporta? ¿Por qué Faramir, en lugar de dejar que Frodo siga su camino mostrando su nobleza, lo atrapa mezquinamente para robarle el anillo y enseguida cambiar repentinamente de opinión en el momento Dramáticamente Apropiado? ¿No había una manera mejor, más creíble o más honesta de mantener el ritmo? Y mi favorita: ¿Por qué los ents, criaturas calmadas, lentas, pastores de árboles, al final de su largo, monótono, eterno concilio, en lugar de decidir épicamente ir a la guerra…. deciden no ir, para cambiar de opinión de repente, en menos de de un minuto, cuando un extranjero les tiene que engañar para que vean lo que están haciendo “los malos” en su puñetero bosque? ¿A eso lo llaman tensión? ¿Eso es dramatismo? Lo que es, es un guión muy malo, se base en lo que se base. Porque independientemente de lo fiel que sea, ni siquiera es coherente consigo mismo. Muerte a las guionistas.

Paycheck. Esta peli es mala, todos lo sabemos: si sale Ben Affleck es que no tiene remedio. Pero la premisa es tan buena o incluso mejor que las de las adaptaciones de Dick que comenté antes. Un tipo se encuentra con que le han borrado la memoria y en lugar de su fortuna tiene unas baratijas sin valor. Cuando cada una de esas baratijas salva su vida en un momento determinado mientras la gente quiere matarle sin que él sepa por qué, se da cuenta de que de alguna manera él había previsto el futuro y se había legado a sí mismo las herramientas que necesitaría para resolver sus problemas antes de que le borraran la memoria. Pero lo que en el libro son usos normales y lógicos de objetos perfectamente comunes, en la película se convierte en un desfile de gilipolleces cuando las cosas que el protagonista tiene no sirven para nada útil en realidad. Digo yo, ¿por qué quitar elementos que funcionaban bien, y cambiarlos por otros que no funcionan?

Parque Jurásico. Pues miren, yo me leí el libro de pequeño, antes de toda la moda que hubo con la peli, y me gustó mucho: aventura en clave de c-f, bien llevada, dinámica y absorbente. En la película se trata de escapar del velocirraptor hasta pillar el helicóptero y marcharse, aguantando por el camino a unos niños insufribles y odiosos que distinguían a los bichos por “carnisauro” y “vegetasauro” (o algo así), con la idea, indudablemente, de que ningún personaje debe saber más cosas que el más tonto de los espectadores (y en los USA, el más tonto es realmente gilipollas).

En general, lo que trato de decir es que casi siempre, en nombre de cosas tan ambiguas como “el ritmo narrativo”, algún iluminado coge algo que no sólo funcionaba en el original, sino que además tiene todo el puto ritmo narrativo que quieras, y lo cambia por una mierda asquerosa que ni tiene ritmo ni tiene sentido ni tiene nada. Y si quieres hacer esa clase de mierda, no es necesario que compres los derechos para titularla de otra manera, en primer lugar porque es faltarle al título, y en segundo lugar porque es faltarle al espectador. Porque de hecho, creo que la mayoría de los libros se pueden adaptar con un alto grado de fidelidad a poco que uno tenga dos dedos de frente y (lo más difícil) se haya leído el libro en cuestión. Ah! ¿Que nadie iría a ver Soy Leyenda si no se llamara Soy Leyenda? Nos ha jodío.

viernes, 18 de enero de 2008

Grandes Bodrios del Cine: Soy Leyenda



Podría pasarme un buen rato tratando de explicar por qué Soy Leyenda es una puta basura, pero me lo ahorraré. Al fin y al cabo es algo evidente para todos y no hace falta insistir mucho en ello. Lo que me fascina de esta película es la demostración, una vez más, de que en Hollywood pueden joderlo todo de una manera grandiosa, definitiva y obscena.

Los que hayan leído la estupenda obra de Richard Matheson que es Soy Leyenda lo comprenderán perfectamente, pero me temo que un porcentaje desolador de gente que va al cine no lee ni a Matheson ni a nadie, asi que diré unas palabras. Y ahora vienen spoilers gordos, asi que si aún no has leído el libro, quizá quieras dejar de leer… si no has visto la película, mejor para ti.

Soy Leyenda va de un tipo que está solo en el mundo. Ha habido una extraña epidemia y toda la población mundial ha muerto…o, más exactamente, se han convertido en vampiros monstruosos que mueren si ven la luz del sol. El héroe se pasa la vida luchando, saliendo cada día a matar a esas alimañas vampíricas en que se han convertido los que fueron sus vecinos, buscando supervivientes, recogiendo provisiones, saqueando las bibliotecas, estudiando la manera de encontrar una cura, preguntándose por qué él es inmune, comiéndose el tarro, sufriendo, enloqueciendo poco a poco, volviendo cada noche a su casa, transformada en una fortaleza perpetuamente iluminada por focos inmensos, soportando insomne los aullidos de los vampiros que ante su puerta reclaman su vida. Hasta aquí, podríamos decir que la película incluso se parece.

Entonces, saltemos directamente al final. En el libro, después de muchas vicisitudes, finalmente el héroe cae tras años de encarnizada lucha. Los vampiros lo atrapan. Lo encadenan, lo meten en una jaula y se lo llevan a una de sus ciudades subterráneas, presumiblemente para matarlo. Mientras lo conducen hacia la muerte, el tipo mira a su alrededor. Y entonces ve a esos vampiros, a esa gente. Ve cómo viven. Cómo han reconstruido los despojos de vida que les quedaban. La extraña sociedad que han formado. Y lo que ve en sus ojos es sobre todo miedo. Miedo y odio hacia la criatura terrible que viene por el día, oculto por el sol cegador para arrancarlos de sus sueños y matarlos mientras duermen. Lo miran como mirarían a un monstruo de leyenda. En ese momento el protagonista comprende que está viendo a la nueva humanidad, que en el mundo ya no hay lugar para él, porque les pertenece a los “vampiros”: que el monstruo con el que asustan a los niños, en definitiva, es ahora él mismo. Y entonces, en sus últimos momentos, mientras sube hacia el patíbulo, pronuncia la frase que da título a la novela, cerrando una obra magnífica: Soy Leyenda.

Comparemos ahora este mensaje tan profundo con lo que ocurre al final de la película. En la película, el tipo encuentra una cura para la vampirez justo cuando los vampiros invaden su casa. En el último momento, la mete en un tubo de ensayo y se la da a la chica (claro, es Hollywood, tiene que haber una chica, cómo no), y se sacrifica heroicamente dejándose matar a manos de los bichoños para que ella pueda escapar. Ella escapa y en la escena siguiente va en coche por ahí y resulta que encuentra una especie de fortaleza defendida por soldados armados hasta los dientes. Y entra, y hay humanos viviendo felices y resistiendo contra el mal. Y les da la cura, asumimos que para que la propaguen y restauren a los verdaderos hijos de Dios sobre la tierra. Y una voz en off alaba a fulanito, que se sacrificó noblemente por el bien de la humanidad a la que amaba, y que esa era Su Leyenda.

PUES VAYA MIERDA. Y el que no esté de acuerdo, es que es gilipollas. Hala.