jueves, 23 de diciembre de 2010

La Victoria del Waznei

De vez en cuando alguien todavía me pregunta por el origen de mi nik. Es la típica historia que no tiene mucho sentido a menos que te haya pasado a tí y siempre me siento un poco ridículo contándola. Aún así, sigo pensando que tenía razón entonces y parece que los hechos, por fin, me respaldan. Voy a contar la historia otra vez para dar un poco de contexto y, con suerte, poder enviar a la gente aquí cuando pregunten y no tener que contarla de nuevo.

Año 1995. Yo estaba en el insitituto haciendo 2º de BUP (iba a poner "estudiando 2º de BUP", pero voy a tratar de ajustarme a la verdad). Aquel curso fue muy divertido e intersante por diversos motivos. Uno de ellos es importante en la historia, y es que el azar de la distribución alfabética me hizo compañero de pupitre de un tal Jose Carlos González, a quien no conocía de antes. Este tío resultó ser una de las personas más divertidas que he conocido. He olvidado todas las veces que me hizo reír hasta el dolor de barriga. Al año siguiente, por cierto, se cambió a nocturno y le perdí la pista por completo. No volví a saber nada de él durante años hasta que una noche me lo encontré tomando algo en un bar de mala muerte de Vigo (La Torre, que lleva ya clausurada unos cuantos añitos también) y creo que me contó que estaba currando de electricista o algo así. No parecía feliz. Después de eso, no tengo ni idea de qué habrá sido de él.

Pero volvamos a 1995. Debía de ser el mes de diciembre y estaba terminando el primer trimestre. Los exámenes estaban hechos, las notas estaban puestas, los días se desangraban lentamente anticipando las vacaciones de navidad. Estábamos en el cambio de clase, en esos cinco minutos de tregua entre que se marcha un profesor y entra el siguiente. Tocaba clase de Geografía e Historia con..... Azucena, si no recuerdo mal, una profesora a la que siempre pensé que le faltaba un hervor. Años después me enteré de que otras generaciones la bautizaron como Azuzorra. Yo no la recuerdo como una prefesora maligna (que sí las había en el instituto, Xulia o Carmelo eran el Mal), sólo algo estúpida. Tal vez era sólo porque su método de enseñanza era estúpido. Adecuado quizá para chavales de 7 años, pero caduco e irritante para los de 15. Para mí, al menos. Recuerdo que cuando ponía deberes iba comprobando mesa por mesa si los habías hecho, te miraba la libreta. Y tenías que tener una libreta, por supuesto, no le valían los folios. Creo que también tenía normas sobre los colores de boli que podías usar. Y los deberes que ponía eran ridículos. Yo solía hacerlos en los cambios de clase o en los ratos muertos de otras clases, siempre intenté no llevarme nada a casa. Me las arreglaba, aquella primera evaluación aprobé su asignatura holgadamente no recuerdo muy bien cómo, supongo que con un Bien o un Notable. Si tuviera que apostar diría que fue un cómodo 6. Jose Carlos en cambio, suspendió por poco, se quedó a las puertas con un 4 en el examen. No recuerdo esos detalles con mucha precisión, pero era más o menos así.

El caso es que en aquel momento creo que estábamos viendo los climas y recursos naturales del mundo. Y de deberes, se le había ocurrido hacernos dibujar varios mapamundis en los que señalar con colorines las zonas de frío, las de desierto, las de tundra, toda esa mierda. En otro mapa, qué países producían hierro, cuáles carbón, chorradas por el estilo. Creo que ya os hacéis a la idea. Quería que hiciéramos cuatro mapamundis y los llenáramos con nosequé cosas.

Y allí estábamos nosotros, una mañana de diciembre de 1995, a escasos minutos de que llegara Azuzorra y se pusiera a mirar nuestras libretas. Ni que decir tiene que ni Jose Carlos ni yo habíamos hecho nada. Yo estaba preparado y tranquilo, sabía que la nota estaba puesta y tenía todo el segundo trimestre para seguir aprobando, no haber hecho los deberes no me preocupaba ni lo más mínimo. Supuse que Jose Carlos pensaba lo mismo. Y así debía de ser. Pero, en un momento de descarada genialidad típica de él, Jose Carlos va y me dice "Pues yo los voy a hacer ahora". Juro que me lo tomé a broma. Entonces ví que el tío abría la libreta y, efectivamente, empezaba a dibujar el perfil de norteamérica con el boli. "Estás loco", le dije, mirando el reloj, "es imposible que te dé tiempo a hacer todo esto en menos de cinco minutos". "Tranquilo", respondió muy serio, "voy a hacerlo al estilo Waznei". No sé de dónde sacaba esas palabras ridículas, pero las decía contínuamente: chánchez, toñón, waznei, y las que habré olvidado. Ante mi cara de horror, siguió dibujando los mapas mientras emitía cánticos ceremoniales que aún resuenan en mis oídos: "Waznei, Wazneeeeeeei, WazneeEEiiiIII". Miré a mi alrededor. La gente iba sacando las cosas de la clase que tocaba. Las chaponas habían hecho los mapas en una gran cartulina, pulcramente calcados y meticulosamente coloreados, con flechas y guías señalando los puntos importantes y el significado de los diversos símbolos que habían empleado. Cada uno había invertido el tiempo que mejor le pareció, pero quién más quién menos había echado mano de algunos lápices de colores. Jose Carlos, que sólo disponía de un triste boli bic azul cristal, decidió que para sustituír a los colores usaría rayas horizontales, verticales, diagonales (en ambos sentidos) y puntitos. "Lo que estás haciendo es una puta mierda", le advertí, "a mí me daría vergüenza presentar eso". Yo era un ingenuo que había sido educado en la filosofía del "mejor poco y bien que mucho y mal". Gran mentira, por cierto. Jose Carlos no tuvo inconveniente en reconocer que, en efecto, aquello era una mierda, pero siguió "trabajando" sonriente. Pese a todo, completar el primer mapamundi le llevó más tiempo del que había estimado, asi que se apresuró todavía más para los siguientes. Observé fascinado su tarea, repitiéndome que era mejor no hacer nada que hacer aquello. Ah, el orgullo.

Finalmente Jose Carlos acabó con los mapas justo a tiempo, con Azuzorra ya dentro de clase dejando sus cosas. El aspecto que presentaba la libreta era desolador. El primer mapa, un asco desde cualquier punto de vista, era gloria artística en comparación con los que había hecho después. No es nada inadecuado calificarlos de mierda, ya que el contorno de África o Sudamérica realmente le había salido con una sospechosa forma de zurullo. El último mapamundi era más bien un esquema conceptual en el que no era fácil reconocer las costas de ningún continente. Y todos ellos parecían tachados por un montón de líneas absurdas que lo emborronaban todo y que, desde luego, ni siqueira estaban del todo bien colocadas. En total, el proceso le habrá llevado unos cinco minutos.

Y llegó la sentencia. Azuzorra pasó por nuestro sitio y revisó primero la libreta de Jose Carlos, que estaba sentado de su lado del pasillo. Me gustaría creer que ví en su rostro una mueca de horror, pero no fue así. Preguntó "qué es esto?" con cierta nota de desconcierto, y Jose Carlos empezó a explicar que estas rayas significaban esto, y aquellas otras aquello, etc. De inmediato Azuzorra hizo un gesto de aprobación y empezó a cantar las más altas alabanzas de Jose Carlos. No puedo recordar las palabras exactas, pero juro que dijo que estaba muy contenta de ver el esfuerzo que estaba haciendo JC y que seguro que trabajando así no iba a tener ningún problema para aprobar la asignatura en junio. Yo no me lo podía creer. Cuando acabó de hablar y se dirigió a mí para ver mi libreta, creo que todavía debía de tener la boca abierta. De alguna manera confesé que no había hecho los deberes, y me echó un rapapolvo épico en el que me acusó, poseída por la indignación, de "dormirme en los laureles", y puso en duda que consiguiera aprobar la asignatura si seguía así. Sin siquiera hacer una pausa dramática, continuó hacia la siguiente mesa, donde siguió revisando libretas. Jose Carlos y yo la vimos alejarse, nos miramos el uno al otro con la misma cara de asombro y empezamos discretamente a partirnos de risa.

Esta es la historia, pues. Y sí, creo que encierra una valiosa lección para la vida. Uno podría pensar que es importante hacer las cosas bien, pero la mayor parte de las veces no es así ni por asomo. Basta con cumplir un requisito. Basta con parecer. A menudo, hacer las cosas bien (o mejor) es contraproducente. No se valora. No sé cuánto tiempo se pasaron las chaponas haciendo sus mapas maravillosos, y ¿de qué les valió? Todo ese tiempo en la balanza contra los 5 minutos escasos de Jose Carlos, que de todas maneras no iba a emplear en nada interesante porque era un cambio de clase, era tiempo perdido de antemano. ¿Quién ha sacado más rentabilidad de su inversión? La respuesta está clara. Ni que decir tiene que adopté desde ese día el Estilo Waznei y me convertí en un maestro del racaneo.

Me doy cuenta de que decir estas cosas no es lo políticamente correcto. Y seguro que hay gente que podría venir a discutir diciendo que no, que el esfuerzo siempre merece la pena y tal. Pobres, no saben nada de la vida. Pero ahora, el mundo se quita la máscara y me da la razón. El Estilo Waznei ha triunfado. Fijaos bien, mirad a vuestro alrededor.

Una empresa cualquiera, pongamos una de telefonía, podría hacer las cosas bien y funcionar de puta madre, pero eso es muy caro. Es mejor poner un call-center para atender clientes y subcontratarlo al peor postor. Su servicio será una mierda y perderá muchos clientes por ello, pero oye, es más rentable. Y total, todas lo hacen, asi que qué importa.

Una empresa cualquiera, pongamos un fabricante de electrónica, podría hacer las cosas bien y hacer productos duraderos y de diseño eficaz, pero eso quizá iría en contra de su ciclo de maduración de productos. Claro, el portátil o el teléfono o lo que sea funcionará peor y estará obsoleto en un par de años como mucho, pero oye, así tienen la oportunidad de vender la nueva versión "mejorada".

Una empresa cualquiera, pongamos, qué sé yo, un banco (por decir una al azar), podría hacer las cosas bien y funcionar de puta madre, pero es que eso es poco eficiente. Prefiere recortar personal, ya que han comprobado que el mismo trabajo lo pueden hacer menos personas. Claro, esas personas tienen que hacer más y están más jodidas, cualquier gestión lleva mucho más tiempo y algunas directamente no se hacen, pero oye, los objetivos se siguen cumpliendo y el ratio de eficiencia mejora una barbaridad, con el consiguiente bonus para alguien. Y total, estamos en crisis, ¿qué van a hacer los que queden? ¿Dimitir?

Una empresa cualquiera, pongamos una productora de cine, podría hacer las cosas bien e invertir en talento y calidad, pero eso es muy arriesgado y caro. Es mejor hacer un producto hollywoodiense para adolescentes, curiosamente mucho más caro pero con una tasa de retorno más atractiva. Y si se puede parecer a algo que ya ha tenido éxito antes, mucho mejor. Total, es mejor vender tonterías a un millón de tontos, que maravillas a mil listos.

Un gobierno cualquiera, realmente uno cualquiera, podría al menos intentar hacer las cosas bien pensando en el bien común, pero eso genera conflictos de interés con grupos de presión de los privilegiados sociales. Es mejor aprovechar la situación para obtener beneficios personales. Total, el partido de la oposición también lo hace, y ¿a quién más van a votar?

Podría seguir así hasta el infinito. En general, las cosas se podrían hacer mejor (no sólo mejor, se podrían hacer incluso BIEN), pero elegimos hacerlas peor porque nos conviene por el motivo que sea. El Estilo Waznei finalmente se ha hecho con el mundo. No me puedo quejar, yo también llevo haciendo lo mismo desde los 15 años. Yo siempre supe que podría hacerlo mejor, pero nunca ví necesidad. Lo que me empieza a preocupar es que a fuerza de hacer las cosas mal a propósito, un día vamos a olvidar cómo era hacerlas bien. Entonces ya será tarde.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Sociedad: Progreso y Resistencia

Los avances sociales no se dan sin un largo y duro proceso de lucha contra la resistencia natural del medio, que actúa como un freno ante la reforma. Yo siempre había asumido que el mundo, en general, va evolucionando de una manera más o menos positiva y que se puede decir que estamos mejor ahora que en cualquier siglo pasado. Hay quien puede argumentar que este progreso es desigual y hay partes del mundo en que no es ni mucho menos así. Pero no es de eso de lo que quiero hablar ahora.

Ahora ya no estoy tan convencido de esa visión tan optimista, o al menos no en el corto/medio plazo, entendiendo como tal un par de generaciones. O sea, que probablemente las cosas vayan a mejor a la larga, pero eso no significa que no puedan empeorar en períodos cortos (para la humanidad) que son suficientemente largos como para que en realidad no notemos la diferencia (un siglo o diez mil años, desde mi perspectiva egoísta de mortal, me da un poco lo mismo). Aunque en realidad, tampoco quería hablar de esto ahora.

Quería hablar de la inercia del inmovilismo, de esa resistencia que hace de filtro necesario pero que en última instancia perpetúa los problemas sociales al impedir los cambios. El afán de mantener el status quo, que es algo familiar, conocido, tranquilo y cómodo.... aunque plagado de aberraciones e injusticias. Parece un hecho que la gente tiende al inmovilismo, y sólo se dan reacciones contrarias (a menudo violentas) cuando la presión del descontento alcanza límites extremos. Siempre había asociado este conservadurismo con la edad; supongo que a medida que uno se hace mayor arriesga menos y prefiere que las cosas sigan en su sitio. No sé hasta qué punto el paulatino envejecimiento de la población nos está volviendo más y más conservadores como sociedad. Aunque todavía me considero joven y sé que tengo una mente abierta y una actitud positiva ante el cambio, me alarma comprobar cómo tanta gente de un perfil similar al mío en cuanto edad, nivel cultural, posición social, etc, son de hecho muy reacios a aceptar ideas nuevas. Yo solía pensar "cuando se mueran todos esos viejos, los cambios llegarán por sí solos", pero me doy cuenta de que estaba equivocado, de que la gente se acomoda como puede en lo que hay y se niega a considerar siquiera la posibilidad de adoptar costumbres ajenas a las que conoce.

Tampoco tengo ninguna fórmula para solucionar los problemas del mundo (la mayoría de los cuales por cierto son estructurales; habría que borrarlo todo y volver a empezar) pero sí que tengo unas cuantas "pequeñas ideas" que creo que nos harían vivir en un lugar mejor y más feliz (más que este, al menos) y cuando las comento medio en broma como "las primeras cosas que haría si fuera el rey del mundo" la reacción suele ser siempre decir que no tienen sentido, que son una locura, que nadie querría eso. Es la resistencia al cambio, la tiranía del inmovilismo la que habla, no ya por boca de tipos maduros y apoltronados, sino por la de personas (relativamente) jóvenes que deberían ser dueñas del futuro y son, en cambio, esclavos del presente. La tragedia no es que se reaccione así ante mis ideas "imposibles, radicales y alocadas" (van entre comillas porque no lo son, esperad y ved dentro de unos cuantos siglos!), la tragedia es que se reaccionará así ante cualquier idea que no sea la misma mentira de siempre, familiar, cómoda, conocida, fácil de creer y, según parece, fácil de perdonar.

domingo, 8 de agosto de 2010

Un Principio

Entró como un vendaval, como una personificación de la tormenta que azotaba los árboles fuera, con un vigor tal que se doblaban hasta hacer dudar de si seguirían en pie al día siguiente. La puerta golpeó la pared con fuerza haciendo crujir los goznes, quién sabe si por el viento o por la mera presencia del hombre que, empapado y con el cabello alborotado, se plantó ante mí jadeando. Calzaba botas altas, embadurnadas por el lodo del camino, y llevaba un abrigo largo muy usado de un color que hacía años que se había vuelto indistinguible. Se quedó allí parado un instante para recuperar el aliento, aunque sospecho que también, en parte, disfrutaba con la idea de hacer una entrada teatral: la fuerza de la Naturaleza desatada tras él, los relámpagos recortando su silueta contra la puerta, el estruendo del trueno anunciando su llegada. Pero en sus ojos estaba la mirada de alguien que conocía secretos largo tiempo guardados, y su voz tenía el aplomo de quien revela verdades incuestionables.
- Está hecho – dijo – por fin lo he logrado.
Así fue como ocurrió. Así fue el principio de todo. Era una noche de tormenta en otoño de 1883, y Samuel Beckett irrumpió en mi casa para informarme de que había vencido a la Muerte.

lunes, 8 de febrero de 2010

Tras el Incierto Horizonte

Qué gustazo ver cómo el nivel de los candidatos sube tanto, tan rápido. Hoy he terminado Tras el Incierto Horizonte, de Frederik Pohl, que se convierte en un aspirante automático. De entrada, otro que hubiera ganado en 2009. Mala suerte para ellos, buena para mí: si esto sigue así, va a ser un año increíble.

Tras el Incierto Horizonte es la continuación de Pórtico, una novela también merecedora de cualquier premio y que inauguró lo que se conoce como "La Saga de los Heechee". Aunque hace mucho tiempo que leí Pórtico, nunca tuve muchas referencias de la saga como tal, asi que supuse que se trataba de un nuevo "caso Dune". La verdad es que siendo conocida, Pórtico tampoco es que tuviera una fama exuberante, y Pohl, por mucho Gran Maestro que sea, tampoco es el autor de c-f más citado del mundo. Aparte de Pórtico, yo tan sólo le conocía Los Mercaderes del Espacio, que escribió en colaboración con otro tipo (cosa que siempre me sonó rara, no entiendo cómo pueden colaborar los escritores, no lo veo) y que, aunque tiene un título infame, es francamente interesante y divertida. Además tengo otro libro suyo en casa (Las Estrellas son de Fuego, me parece que se llama; como vemos, el señor Pohl no desperdicia su talento en los títulos) que nunca me había llamado mucho la atención. Creo que hasta empecé a leerlo alguna vez, quizá con algo de desgana. Prometo reintentarlo. [CORRECCIÓN: Mala pasada de la memoria: el libro al que me refiero es de Poul Anderson, retiro lo dicho]

Pero bueno, no quería hablar de esto, ni de los Mercaderes del Espacio, ni de Pórtico. Baste decir que recomiendo estos dos libros (en especial el segundo, de una originalidad y frescura poco habituales) y que, basándome en ellos y en Tras el Incierto Horizonte (que por motivos de comodidad pasaré a llamar TIH) tengo que reconocer que el señor Pohl se merece su título de Gran Maestro: todo lo suyo que he leído es excelente.

Es difícil hablar de TIH sin hablar de Pórtico. Inevitablemente son muy diferentes, desde la misma estructura. La narración es más secuencial al dejar de ser el centro de la historia un flashback, y el universo ya no necesita presentación al haberse establecido sus peculiaridades en la primera novela. El cambio principal está en la perspectiva, ya que usa el punto de vista múltiple para aprovechar a varios personajes, aunque profundiza en ellos menos que en Pórtico. Cosa normal, por otro lado, al haber más personajes relevantes y dejar de trascurrir la historia en el diván de un psiquiatra. Aunque en cierto sentido se trata de una novela más simple que la inaugural, en muchos aspectos creo que mantiene el nivel. Probablemente lo más importante es que el enorme poder seductor de Pórtico, basado principalmente en el enigma que representan los Heechees, continúa intacto a pesar de que se revelan muchos misterios. Yo hubiera pensado que esto le hubiera restado encanto, que nos encontraríamos ante soluciones vulgares que no podrían sostener el peso de la expectativa, pero por una vez mis prejuicios me fallaron. El encanto Heechee sigue intacto, a pesar de que al final del libro sabemos mucho más de ellos y sus motivaciones. De hecho, mi interés se ha acrecentado mucho gracias a ese giro final que lo pone todo patas arriba: mis prejuicios podrían decirme que es una huida hacia adelante a lo Lost, pero ahora mismo no me siento con derecho a dudar del Maestro Pohl. Buscaré activamente el volumen 3, ahora necesito leerlo.

martes, 2 de febrero de 2010

Y el Ganador es... Patrick Rothfuss, por El Nombre del Viento

Pues sí amigos. Nunca me había costado tanto decidir el premio. Hasta el último momento tenía claro que Enric González haría doblete con sus Artículos Sueltos, que fueron una de mis lecturas favoritas durante buena parte del año. La mayoría de ellos son brillantes, e incluso en sus peores momentos no se les puede sacar ningún defecto más que no estar al nivel de genialidad habitual. Pero su formato de publicación quizá ha jugado más en su contra. Uno a uno, seguramente no entrarían en mi lista, como no entran muchos artículos y ensayos que leo de vez en cuando. ¿Por qué habrían de hacerlo en conjunto, si no están (realmente) recopilados como “cuerpo común”?

Fue una decisión muy dura además porque El Nombre del Viento, como ya he comentado, no está exento de varios defectos importantes. Como hace muy poquito tiempo que he hablado de ella, no voy a repetirme aquí. Me quedo con el genuino placer que me ha otorgado su lectura, y espero que el autor disipe mis temores con el segundo volumen de la trilogía.

No quiero dejar de hacer una mención especial, además de al bueno de Enric, a los otros candidatos. Paul Auster es un habitual de mis listas, pero por injusto que pueda parecer va a tener difícil repetir premio, porque el jurado se pone muy quisquilloso con aquellos que ya lo han ganado anteriormente. Y quizá más en el caso de Auster, que tiene una inquietante tendencia a la repetición en sus esquemas, planteamientos, argumentos, temas, etc. La verdad es que todo lo suyo se parece mucho.

Philip K Dick es uno de mis escritores favoritos, y sin ninguna duda habría ganado uno o varios de estos prestigiosos galardones si su concesión se hubiera instaurado unos años antes. Por eso, quiero hacerle entrega ahora de un Premio Especial como homenaje al conjunto de su obra. Uno de los grandes del siglo XX.

Y como a rey muerto rey puesto, aprovecho para inaugurar la lista de candidatos para Lo Mejor de 2010. El primero en entrar es George Pelecanos, al que su historial como guionista de The Wire le otorga cierto prestigio inicial. Lo cierto es que en Música de Callejón se ven esos diálogos rápidos y afilados de la serie. Sin embargo, me ha chocado la “militancia” del autor con algunos temas políticos (fundamentalmente el asunto de la tenencia de armas en los USA) y lo que (quizá) deben de ser convencionalismos de la novela negra. Francamente, no me aporta nada que continuamente se indiquen los nombres de calles y barrios por los que pasan los personajes. Si yo conociera Washington tal vez sería bueno saberlo, pero no siendo así, qué más da.

Al otro candidato habrá que seguirle muy de cerca. Se trata de Kurt Vonnegut, y para que quede clarito lo que quiero decir, os aseguro que si este libro me lo hubiera leído el 30 de diciembre en lugar del 15 de enero hubiera sido, de largo, lo mejor de 2009. Galápagos es un ejercicio de humor negro delicioso. Por temática, me recuerda remotamente a La Guerra de las Salamandras, ya que se cuenta la historia de la decadencia y desaparición de la humanidad tal y como la conocemos desde una perspectiva satírico-humorística. De todas maneras, cualquier similitud termina ahí. Quizá una de las cosas que más me fascinan de Galápagos es esa estructura extraña y deslavazada que tiene. El narrador de la historia nos va contando las cosas según se le ocurren, sin pararse a pensar (aparentemente) en la manera en que lo hace. El resultado, en mi opinión, es brillante. Lo que menos me gusta del libro, lo “forzado” del destino final de la humanidad (hubo que echar mano de ayudita, no entro en detalles para no hacer espoiler) y la propia contraportada, que con muy mal criterio arruina la sorpresa sobre la identidad del narrador en pos de una mayor espectacularidad en la presentación. En el fondo lo entiendo, porque tampoco es que sea un dato importante de la historia y no impide en absoluto el disfrute de la obra, y la verdad es que yo mismo he tenido la fuerte tentación de comentarlo aquí. Pero de no haberlo sabido, a lo mejor hubiera tenido un aliciente más a la lectura, ante la inevitable curiosidad de saber quién estaba hablando sobre la humanidad un millón de años en el futuro, una vez que se aclara que la humanidad, tal y como es hoy, ya no existe. Me encantaría comentar más cosas, pero la paranoia del espoiler me lo impide, incluso tratándose de cosas que yo mismo no consideraría espoiler. Los que quieran saber más, pueden preguntarme ante una cerveza, o aún mejor (para ellos), pueden leerlo!

En definitiva, felicidades al señor Rothfuss, y suerte a los contendientes de 2010.