viernes, 15 de septiembre de 2006

Deformación Profesional

La memoria de la gente es corta, pero su rencor puede durar mucho tiempo. Así funciona el corazón humano. No es de extrañar entonces que rencillas absurdas perduren en el tiempo a través de las generaciones, sobreviviendo a aquellos que las originaron para atar y dirigir las vidas de sus descendientes por un camino de odio y rencor cuyas causas acaban siendo olvidadas. Pero el rencor permanece, amigos. Es lo maravilloso de los sentimientos. El amor nunca muere, el amor es eterno, sí, vale, puede ser, pero no es el único. ¿Por qué iba a serlo? De hecho, el amor, la confianza, la alegría, todas esas cosas tan bonitas, pueden venirse abajo y romperse con relativa facilidad. Pero el rencor, el odio, el miedo o la inseguridad son mucho más persistentes e intensos. Y por tanto, más abundantes. Estos sentimientos “negativos” son como malas hierbas, plantas que pueden crecer y desarrollarse en cualquier medio, sin ninguna necesidad específica de ninguna clase. Basta con cualquier campo regado de ignorancia.

Y uno puede verlo todos los días en muchas pequeñas cosas. Últimamente, hay algo que me llama la atención, un cliché al que nunca había hecho caso pero que ahora veo desde una perspectiva diferente a la de la mayoría de las personas. Tiene que ver con los bancos. Todos sabemos que los bancos son unos ladrones, y los políticos unos mentirosos, y los diseñadores todos maricones. Los catalanes unos cutres, los madrileños unos chulos de mierda y los andaluces vagos odiosos (y hay quien jura que es todo cierto). Quién sabe. Pero últimamente, con toda esta complicada situación de la vivienda que se está dando en el país, hay muchas conversaciones y comentarios sobre el asunto de las hipotecas, a los que por una inevitable cuestión de deformación profesional me resulta imposible no prestar más atención que antes. Los bancos son unos ladrones, y el principal motivo de queja de la gente son las hipotecas, que le esclavizan a uno durante 25 o 30 (o más!) años obligándole a pagar religiosamente cada mes una cantidad nada despreciable. Y es que con los intereses, uno acaba devolviendo mucha más pasta, y en cuanto firmas la hipoteca te tienen por los huevos, es como si hubieras vendido tu alma y desde entonces tuvieras que arrastrarte antes ellos el resto de tu vida. Bueno, es una forma de verlo.

Pero claro, en esencia lo que ocurre es que tú quieres comprar un sitio para vivir, como hacen las personas buenas y responsables con todo su derecho, y te pueden pedir perfectamente un dineral absurdo a cambio de ello. Un dineral que tú no tienes, claro. Entonces acudes a un banco a que te lo preste, y antes de hacerlo, ellos, como es natural, se aseguran de que estés en condiciones de poder devolvérselo, a la larga. Realmente no se puede estar seguro de nada en un plazo de 30 años, pero en fin. El caso es que te prestan el dineral y tú se lo vas devolviendo poco a poco durante una enorme parte de tu vida. Este es, a grandes rasgos, el concepto de hipoteca, y así ha sido desde siempre. Pero ahora pensemos en el tema desde el punto de vista de la inmobiliaria que te vende el piso (o la casa, o lo que sea). Tú has construido una vivienda, que te ha costado un dineral (o en realidad no, porque a menudo las venden ANTES de construirlas y realizan los pagos de terrenos, etc con las viviendas que se construirán DESPUÉS, con lo que casi no gastan nada, pero supongamos que no es así), y pretendes venderla, como es lógico y normal, por un dineral mayor para sacar algún beneficio. Eso sí, tienes que fijar un precio que se ajuste a la demanda, de modo que no sea tan caro que nadie te lo compre ni tan barato que quedes como un pringao cuando se lo cuentes a tus amigos especuladores. Asi que pones de precio un dineral jugoso, y la gente te lo compra. Como no tienes problemas para vender, en el futuro vas subiendo un poco los precios porque ves que la gente sigue comprando. Y sigue habiendo más gente dispuesta a pagar, y sigues subiendo los precios, y cada mañana te entra la risa floja cuando piensas en la rentabilidad de tus negocios.

¿Qué ocurre realmente? Simplificando mucho las cosas, lo que ocurre es que cuando uno tiene que pagar un Dineral que no tiene, en el fondo no importa tanto pagar un Dineral+1, o un Dineral+2, o incluso un Dineral+5. La única diferencia es que en lugar de pagar una cuota durante 30 años, la pagarás durante 35. Entonces miras a tu alrededor, ves que a todo el mundo le está pasando lo mismo, te encojes de hombros y te dices “de perdidos al río”. Creo que es el mismo principio por el cual la gente no deja de fumar: nadie te dice “eso te matará mañana”, te dicen “eso te matará dentro de 20 años”.

Asi que pasan los días, ya te has instalado en tu nuevo hogar y ha pasado el tiempo suficiente como para que la ilusión y la alegría de vivir en tu propia casa se haya ido normalizando y al final ya no ves nada de extraordinario en ello. Y te encuentras con que aún tienes que pagar la hipoteca durante muuuuuchos años. Entonces, ¿qué haces? ¿Piensas en la puta inmobiliaria que te vendió un vulgar piso de 90 metros por setenta millones de pesetas, exigiéndote además parte del pago en dinero negro, por adelantado, a veces aún antes de que esté terminado de construir y tú no lo hayas visto siquiera, y a menudo cambiando las condiciones unilateralmente con cualquier excusa? ¿Te acuerdas de esos cabrones y de la madre que los parió? No. Piensas en todo el dinero que todavía tienes que pagar (aunque el término correcto sería “devolver”, porque no era tuyo) y dices “malditas hipotecas, los bancos son unos ladrones”.

jueves, 7 de septiembre de 2006

Gorge... Ouch!

Parece que ha cambiado el tiempo. Esta mañana el aire era brumoso rocío y no brillante luz; el barco parecía perdido en la nada durante el trayecto a través de la ría. Antes de las ocho todavía el sol yace en oriente y su mirada no ilumina las nuestras. La brisa trae frías caricias y ya no más cálidos besos. Pronto empezarán los árboles a desnudarse voluptuosos, alfombrando las calles con los restos crujientes de sus vestiduras. Se acerca el invierno.

Y el mejor aviso no es ningún cuervo blanco, ni tiene que ver con “poéticas” frases de vacío contenido: en algún lugar me pilló el frío y hoy tengo un dolor de garganta nada gracioso. Casi lo sería, si no fuera mío. Hace pocos días comentaba, no recuerdo con quién, que yo era relativamente resistente a esos pequeños contratiempos de salud tipo resfriado o gripe y que no temía por ello. La hipocondría no es, desde luego, uno de mis males. En ese mismo momento también añadí, curándome en salud, que era suficiente que dijera eso para que enseguida cayera enfermo por cualquier cosa. La gente rió, y también yo, que soy de un simpático y tengo un magnetismo tal que el destino quiso redondear mi gracia.

Bueno, pues así estamos. Espero que no sea nada, que se me pase en un par de días y que no me dé mucho la tabarra. Me fastidiaría perder el tiempo por estas degradantes cuestiones físicas. Uno, que valora al ser humano por su espiritualidad, su inteligencia, las virtudes de su mente, por los logros que a través de ellos alcanza, no puede más que sentirse irritado cuando nimiedades relativas a su naturaleza física, animal, entorpecen el camino de su voluntad. Y esto sirve tanto para las enfermedades como para todas esas necesidades y apetitos cotidianos que cada día nos vemos obligados a satisfacer.

lunes, 4 de septiembre de 2006

El infierno son los demás

A veces la gente hace cosas incomprensibles. Normalmente no se me da mal ponerme en el lugar de otros para entender los motivos de su conducta. Muchas veces me importa un comino, pero eso no significa que no lo haga y tome nota. Creo que ese es el motivo de que casi nunca me enfade con nadie o me sienta ofendido por algo. Suele haber explicaciones para todo.

Pero a veces te encuentras con cosas absurdas (o te las cuentan de primera mano, lo cual es casi lo mismo cuando tu fuente es fiable). Alguien que cuenta mentiras que no llevan a nadie a ningún sitio, o alguien que decide que una vez que se ha echado novio ya no quiere volver a ver a sus amigas de toda la vida. No tiene sentido, son actos en contra de la lógica y en contra del propio individuo que los comete. La chica que decía está cortando la relación con sus amigas sin ningún motivo en absoluto, y lo está haciendo consciente y premeditadamente, en una especie de suicidio social. No puedo imaginar ningún porqué que no incluya alguna forma de desequilibrio mental. Otro ejemplo, alguien que miente sobre algún tema. En general, las personas mienten o bien para ocultar algo que no desean que sea conocido (casi siempre por vergüenza) o para sacar provecho a costa de alguien (beneficiándose activamente o simplemente evitando ser descubierto en un acto innoble, como por ejemplo, curiosamente, mentir). Mentir en un tema que no implica ni beneficio ni riesgo para uno no es ya una cuestión de infamia moral, sino de llana tontería. Cuando además la mentira se da en una situación en la que es fácil que se descubra, la tontería es tal que uno se plantea si no será cosa de una compulsión insana. Y es que una persona que miente, por definición, no es digna de confianza. He observado que contar “pequeñas mentiras” parece socialmente aceptado; me parece una práctica aborrecible.

A veces, la gente hace cosas que no tienen ningún sentido para mí. Quizá no lo tienen en absoluto. Quizá se han vuelto locos y nadie se ha dado cuenta. Porque mientras uno pague sus facturas, compre muchas cosas, y no acuchille niños ni guarde sus cadáveres en el sótano (o que nadie se haya dado cuenta de que sí), uno seguirá siendo muy normal, muy educado, no hacía ruido ni nada y era muy amable cuando me lo encontraba en la escalera.