lunes, 3 de noviembre de 2008

Pureza Extrema, Puzzle Secreto


Que Ikaruga es uno de los tres o cuatro mejores videojuegos jamás creados es algo que he repetido muchas veces desde que lo descubrí hace cosa de unos cuatro años. Cuando mi dreamcast pasó a mejor vida tuve que resignarme a dejar de jugar, justo cuando empezaba a conseguir puntuaciones decentes (mi record personal está en 9399240 puntos, aunque ahora he perdido mucha práctica). Por fortuna, el bazar de X-Box Live me ha vuelto a dar la oportunidad de disfrutar de esta obra maestra, con el añadido especial de que además viene con una tabla de records online global. Asi que vuelvo a estar poseído por la fiebre de las chains, y lleno de entusiasmo para decir cuatro verdades sobre el juego y explicar cómo empezó mi devoción por él.


Cuando uno piensa en valorar cualquier aspecto de Ikaruga, es imposible no ir al extremo de cualquier baremo imaginable. Ponerle menos de un 10 no sería honesto ni consecuente. Porque Ikaruga es, sobre todo, una experiencia de juego extrema, que corta la respiración y descarga adrenalina, y esta es una sensación que lo toca todo y que llega hasta cada pequeño detalle. Aún así, para un observador casual no es muy distinto a cualquier matamarcianos 2d de scroll vertical de los que tanto abundaban hasta el siglo pasado, y en mis primeras partidas ni siquiera le noté nada impresionante.


Cuando tenía la dreamcast, un amiguete mío (al que por cierto hace aaaños que no veo, ahora que lo pienso) me pasó toda una tarrina de juegos bajados de Internet ultra raros. La mayoría directamente eran borralla, alguno estaba bien, unos cuantos estaban en japonés y ni siquiera pude llegar a imaginar cómo se jugaba (recuerdo uno de terror rarísimo), y entre todos ellos estaba el Ikaruga, que no conocía de nada y la única referencia que tuve me la dio ese chaval, Rubén, al decirme “este es bueno, pero es muy difícil”. Tenía mucha razón.



Una tarde me puse a probarlos todos. Recuerdo que mi primera impresión de Ikaruga no fue demasiado buena. Primero, por lo pequeña que quedaba la pantalla con unas barras negras enormes a los lados. Los televisores de hoy en día no están pensados para el scroll vertical, es un hecho. Segundo, porque me costó comprender el sistema de juego. No entendía para qué servía el cambio de polaridad, sin lo cual no puedes realmente comprender el juego. Esto provocaba que de vez en cuando muriera sin saber por qué. También me confundía el hecho de que a veces, cuando mataba a un enemigo, soltaba cosas, pequeños puntitos brillantes, que naturalmente mi instinto me hacía recoger (en los videojuegos de las primeras cosas que se aprende es que es bueno recoger los despojos que dejen tus enemigos muertos, una interesante lección moral para la vida) y que aunque aparentemente recogerlos sí era bueno para mí, a veces también moría. Todo esto viene de no entender el sistema de polaridades, por supuesto. Quizá esa es la primera cosa que sorprende: para jugar a un shooter, nunca antes se necesitó saber nada más que cuál era el botón de disparo.


Aunque me pareció confuso y raro, también recuerdo que me pareció bonito. Visualmente es un juego muy colorista, con diseños hermosos de una sencillez muy elegante. No es espectacular en el sentido de que sea un prodigio técnico, ni es barroco ni “se gusta”; por momentos incluso se podría decir que es minimalista. Es una belleza modesta de la que no te das cuenta hasta que te paras a prestar atención. En general la sensación de buen gusto está patente desde la misma pantalla del título, y para mí fue un placer comprobar que aún había gente trabajando en 2d con todos los recursos de la tecnología actual. Que por cierto es una sensación que sigue perfectamente vigente varios años después. Un poco por todo esto, Ikaruga fue uno de los muy pocos juegos que probé aquella tarde a los que les dí una segunda oportunidad. Una vez comprendido el sistema de polaridades (que en realidad es extrañamente simple y está perfectamente explicado en el tutorial) el juego cobró una dimensión nueva, porque la verdad es que es una idea original nunca vista hasta aquel momento y que da unas posibilidades de juego francamente interesantes. A partir de ahí empecé a disfrutar realmente, pero lo que yo no sabía es que aún faltaba lo mejor.


Hay un punto en que las grandes obras dejan de ser lo que son para convertirse en otra cosa. Lo que hace grande a Ikaruga es que puedes pensar que es un simple matamarcianos de toda la vida, y a ese nivel seguiría siendo una obra remarcable, pero hay un momento en que si quieres, también es otra cosa: algo mucho más profundo y complejo. Ikaruga es en realidad un puzzle secreto. Es fácil pasarlo por alto porque lo han ocultado de la más astuta de las maneras: dejándolo a la vista. Como cualquier puzzle, resolverlo requiere paciencia y reflexión. Y además, en este caso también va a exigir precisión milimétrica, nervios de acero y los reflejos de un rayo, tanto en los dedos como en la mente. La dificultad es tan extrema que exige una concentración absoluta que no deja lugar a nada más y suprime el yo. Cuando empiezas a jugar a eso que hay por detrás, ya no se trata de un matamarcianos, ni de completar el nivel ni de acabar el juego. Se trata más bien de comprobar hasta dónde eres capaz de llegar; ya no eres tú quien juega al juego sino el juego el que te juega a ti. Llegados a ese punto, Ikaruga se convierte en una experiencia catártica que desconecta tu mente de la realidad física, en un mantra que te guía por la senda de la perfección interior. En Ikaruga, como en la vida, hay muchas maneras de hacer las mismas cosas, hacer algo no es igual que hacerlo bien, el camino correcto es el más duro de seguir (a menudo es difícil incluso discernirlo) y el éxito no se consigue sin gran esfuerzo e incansables intentos. Ikaruga es una lección de humildad, pero también te anima mejorar, porque sabes que puedes hacerlo; es algo que te inspira a ser mejor… y no solo mejor jugador, sino también mejor persona.


En un momento en que el mundo del videojuego (me resisto a llamarlo industria) se va pareciendo cada vez más, por desgracia, al del cine, con superproducciones carísimas de efectos especiales abrumadores y contenido vacío, Ikaruga destaca tanto por lo que es como por lo que no es. Era así cuando se creó en 2001, y sigue siendo así hoy igual que el primer día. Dentro de 100 años se hablará de los videojuegos de esta era y se hablará de Ikaruga.

1 comentario:

Alhuerto dijo...

Rubén tío, ¿qué habrá sido de él?