domingo, 2 de julio de 2006

Pauliño Auster

Acabo de terminar Brooklyn Follies, el segundo libro de Auster que leo en pocas semanas. Realmente me gusta Paul Auster, es un tipo sobrio pero ameno, que propone situaciones con interesantes ideas de fondo. Tiene clase escribiendo y siempre me hace pasar buenos ratos. Me gusta la manera en que es capaz de hilvanar historias dentro de la propia historia, y me interesan esas ideas que a menudo obsesionan a sus personajes, particularmente el papel del azar en la vida de las personas. Sin embargo, he de decir que Brooklyn Follies es la obra menos convincente de las que he leído de este autor (que tampoco fueron tantas, por otro lado, sólo tres). Creo que esta vez le ha faltado elegancia a la hora de resolver el final, y se le ve un poco el plumero al dar soluciones un pelín forzadas a determinadas incógnitas que no desvelaré aquí. En el Debe de Auster, podría anotar, siendo un poco malo, la excesiva homogeneidad de su obra. Cierto que sólo he leído tres de sus libros, pero sus personajes se parecen mucho entre ellos, actúan de manera parecida, se les presentan situaciones parecidas, y en general acaban de manera parecida. Quizá estoy siendo demasiado simplista, pero los tres libros en cuestión (El Palacio de la Luna, La Noche del Oráculo y Brooklyn Follies) tienen un aire muy similar, al que contribuye el hecho de que todos estén situados en el mismo marco, la ciudad de Nueva York. Parece que Auster es de esos tipos que convierte un lugar en uno de sus personajes, y se apoya en él y le encanta volver a él. No me parece mal, y el interés de su obra no está en la ciudad en la que vivan los personajes, por supuesto… pero es un poco cansino. Y se ve que es una constante, porque ha escrito algo que se describe como “la trilogía de Nueva York”, que yo no he leído pero me imagino muy bien de qué va. En fin, menos mal que me gusta.

Algo que me chocaba mucho en las primeras páginas de Brooklyn Follies es que estaba en gallego. No suelo leer muchos libros en gallego. Podría explicar muchos motivos, pero el más importante, creo yo, es puramente práctico: sencillamente, no se editan muchos libros en gallego. O más bien, muchos libros interesantes. Deberían traducirse muchos más, y de otros géneros. Que yo sepa nadie publica c-f en gallego, por decir un género que me interesa especialmente. Si se dedicaran a publicar clásicos, por aquello de no arriesgar, probablemente no les saldría bien, porque si ya tengo un libro en castellano no me lo voy a volver a comprar, por muy amante que sea de mi otra lengua materna. Así que tendrían que arriesgar un poco, y claro, ahí es donde llegan los problemas. Aunque también es verdad que la c-f como producto no debe de dar grandes beneficios ni siquiera en castellano. Pensándolo bien, dada la afición a la lectura del español medio, es sorprendente que el mercado editorial vaya saliendo adelante. Por desgracia, lo hace a costa de modas pasajeras como Códigos DaVincis y Sombras de Vientos. Así estamos.

Pero me voy por las ramas. Decía que me chocaba porque es el primer libro que leo en gallego desde los famosos cambios gramaticales de hace un par de años. Desde mi ignorancia en cuestiones de lingüística, tengo la sensación de que la mayoría de esos cambios son arbitrarios y sólo obedecen a las ansias onanísticas de los responsables. Aparte de esos irritantes “grazas” y demás, tengo que decir que ha sido una lectura muy agradable. Una gran labor de traducción, creo yo: todo nos remite a Galicia, con un sabor auténtico y genuino. Si no te recordaran todo el puto rato que están en Nueva York, podrías pensar que los personajes son de Carballiño. Me resulta curioso pensar que esto puede ser difícil de entender para esa mayoría de españoles que sólo hablan un idioma (bueno, españoles o lo que sean, claro). Sea como sea, creo que es muy cierto eso de que la lengua ejerce una influencia particular sobre la manera de pensar y de ser de las personas. Una lengua vertebra la cultura de un pueblo mucho más profundamente de lo que pueda parecer. Literalmente, cambia a las personas. Tras decir esto, resulta doblemente irónico que yo mismo no practique el gallego en el día a día.

Y en realidad quería hablar de un par de temas más, pero me he liado un poco y mejor lo voy a dejar para otro día. No sé cómo andaré de tiempo esta semana para actualizar, con todo este tema del curso de formación. Quizá tarde un pelín en volver, pero seguro que cuando vuelva tendré cosas que contar. Hasta entonces, disfruten de las vacaciones, los que las tengan, y del verano, todos en general. Hala, hala.

2 comentarios:

Alberto Iglesias Lorenzo dijo...

Si, realmente parece que en la real academia galega da lengua hacen un poco el gilipollas

Anónimo dijo...

Un poco sólo? Leeos si tenéis curiosidad las pautas de la ortografía y la morfología oficiales. No las cumplen ni ellos, ya que se deben a las compenendas pseudolingüísticas, en realidad políticas, entre las distintas facciones de apoltronados. Pero bueno, que eso no molesta demasiado a la hora de leer, creo yo. Ni a la de hablar, faltaría más.

Rober