lunes, 20 de junio de 2005

Caminando

Cuando hace buen tiempo, me gusta pasear. Preferiblemente, con un destino concreto. En estos días soleados y no demasiado calurosos disfruto mucho sencillamente mirando al cielo, respirando el aire que huele a verano y sintiendo el suelo deslizarse bajo mis pies. Si la miramos de manera adecuada, cualquier cosa que veamos parece nueva y refrescante. Es una delicia estar vivo. Pero eso sí, lo de caminar no lo hago sistemáticamente por diversión, porque sospecho que antes o después me cansaría y no disfrutaría en absoluto de todo el camino de vuelta a casa. Por eso sólo me doy esos pequeños lujos de camino hacia alguna parte. Se disfrutan mejor.
Sin embargo, otras veces, cuando uno va por la calle con la cabeza en asuntos más mundanos, las sensaciones pueden ser bastante diferentes. A mí, por ejemplo, me resultan terriblemente irritantes esas personas que se paran a charlar ocupando toda la acera. Más de una vez he sentido la apremiante tentación de abrirme paso a empujones, preferiblemente empujones hacia la calzada. Igual de molestos son los grupitos de gente que caminan hombro con hombro ocupando también (cómo no) toda la acera, sobre todo porque por alguna razón misteriosa siempre caminan muy despacio. Suelen ser familias con niños. Y los niños son de lo peor, porque van caminando erráticamente siguiendo un rumbo totalmente aleatorio que tiende a cruzarse con el tuyo en algún momento. Y además ni siquiera miran por dónde van, de modo que hay que tener cuidado para no tropezar con ellos sin querer, y más cuidado todavía para no darles una buena patada a propósito. Luego está mi transeunte imbécil favorito, que es un señor que va en la misma dirección que tú pero andando más despacio, y que se va moviendo por la acera sutilmente para cerrarte el paso. Es increíble porque está de espaldas y no te puede ver, pero de todos modos lo logra. Y aprovecha muy bien el entorno para cerrarte, como los contenedores o las farolas. No me cabe duda de que serían grandes pilotos de carreras. Sólo te los puedes encontrar en aceras estrechas o muy transitadas, gracias al cielo. Y mención aparte merecen los días lluviosos. Cuando llueve, es de lo más normal que la mayoría de la gente lleve paraguas. Debido a mi estatura, los bordes de los paraguas ajenos suelen quedar a la altura de mis ojos, por lo que tiene uno que estar muy alerta en las aglomeraciones. Pero eso no es culpa de nadie y tampoco me puedo quejar. De lo que sí me quejo, es de esos mamones (habitualmente señoras mayores, a saber por qué) que llevan paraguas enormes y además van cubriéndose bajo los edificios... y ni siquiera te dejan pasar a tí si vas sin paraguas! ¿Qué pasa, tienen miedo a que se les moje su puto paraguas? Os juro que si yo llevara un cuchillo y estuviera seguro de mi impunidad, iría dejando un rastro de heridos a mi paso. No digo cadáveres porque no me molestaría en rematarlos.
Y sin embargo, me gusta caminar. Y me encanta ver pasar a la gente, pero a veces también me dan asco y los desprecio como a cucarachas. Tienen gracia estas curiosas contradicciones del ser humano, ¿verdad?

3 comentarios:

Dieguito dijo...

Jur jur y yo que pensaba que esas manías mías eran algo único y extraño...

Zabu dijo...

Voy a añadir algunos:

Las señoras que pasean perritos inquietos con correas extralargas (que nadie me malinterprete, yo tengo perro y lo paseo).

Los motoristas que aparcan en la acera... muchas veces recorriéndola con la moto mientras buscan un hueco. No sé si son mejores que los que no se molestan en buscar un hueco para la moto.

Los que salen de un coche recién aparcado abriendo despreocupadamente la portezuela en tus narices.

Y mi preferido, la persona que va a velocidad de crucero como tú pero en dirección contraria, que te ve llegar y traza su rumbo hacia un lado igual que tú... el mismo lado, y viendo que volveis a coincidir quiebra para cambiar de lado, y tú también. Y cada vez estáis más cerca, colisión inminente. No hay un número fijo de quiebros antes de que cada uno se quede en un sitio, pero hasta ahora creo que nunca he dejado de encontrar una sonrisa de simpatía y complicidad en la otra persona... que curioso que una amenaza de colisión una tanto.

Stereotopffer dijo...

El paraguas es un instrumento altamente insolidario, protege al usuario mojando a los de su entorno. Es un invento diabólico.

La capucha, siempre que transpìre y sea altamente impermeable, es la única solución para las personas de bien.

Muerte al paraguas.