lunes, 22 de enero de 2007

Cotidiano




María se despertó con arena en la garganta, tosiendo. Le costaba tragar saliva y hacía demasiado calor. Desde el día anterior temía estar incubando alguna enfermedad, y ahora estaba segura de que el polluelo había salido del cascarón. Se incorporó con cuidado para no despertar a Miguel, y el resplandor fluorescente del despertador le indicó que eran casi las 4 de la madrugada. Quedaban menos de tres horas para levantarse.

Salió muy despacio de la cama, a oscuras, tanteando con el pie para encontrar las zapatillas. Miguel seguía durmiendo, y María pensó que probablemente no se despertaría aunque encendiera la luz y se pusiera a saltar sobre la cama. Esa idea le hizo sonreír. Él siempre conseguía hacerla sonreír, incluso ahora, durmiendo, con dolor de garganta y mareo incluidos. Se detuvo a mirarlo a la luz tenue que se filtraba entre las cortinas, tratando de adivinar la forma de su rostro en la silueta que se recortaba contra la blancura de la almohada, sintiendo otra vez aquel cosquilleo familiar que a veces le hacía pensar que el mundo era perfecto, que lo tenía todo, que todo iría bien para siempre. Dejó que un suspiro arrullara su descanso, se puso la bata y salió al pasillo.

No se sentía bien, pero sabía que encontraría analgésicos en el botiquín de la cocina. Ella no solía preocuparse mucho de esas cosas, pero afortunadamente su madre se había encargado de que dispusieran de un botiquín digno de un hospital, era una de sus manías de madre. Con un poco de suerte iría a trabajar mañana fresca como una rosa; mañana no podía faltar, mañana no. Estaba a punto de cerrar un trato importante con una firma holandesa de distribución. Ese acuerdo podía significar mucho para su empresa, y para su futuro. Mañana podía ser el gran día, todo estaba listo. No podía faltar mañana.

Encendió la luz de la cocina, y al principio no entendió qué hacía allí un hombre cargando aquella pesada mochila. Tardó unos segundos en darse cuenta, incluso intentó gritar cuando vio que él cogía un cuchillo del soporte. Su garganta se cerró, un acceso de tos le impidió emitir siquiera un gemido; el cuchillo, también regalo de su madre, atravesó su cuello con violencia. Sólo dolió un poco. En el tiempo que tardó en ahogarse, entre sangre y lágrimas, se alegró de no hacer mucho ruido. Miguel todavía podría descansar esa noche con calma.

Ilustración: Miguel Porto

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Más de esto, por favor.

Gracias,

Roberto

Zabu dijo...

Yo también quiero saber quién es el señor de la mochila...

Alberto Iglesias Lorenzo dijo...

En la ilustración salen bea y miguel

RhyssFen dijo...

jo ke post :S

Milleniumsister dijo...

Sinceramente... Estoy muda... no tengo nada que decir, excepto que estuvo bueno, pero eso ya lo debe saber usted...
Entonces, sólo saludo...

Alberto Iglesias Lorenzo dijo...

ACTUALIIIIZAAAAAAA MARICOOOOOOOON!!!!

Colloada11 dijo...

Impresionante! De lo mejor que he visto en un blog. En serio. Me encanta.

RhyssFen dijo...

oies, y pa cuando vas a volver? xD